DR FG MARIN.pdf

Vista previa de texto
Construcción y Desarrollo de la Propuesta de Intervención Educativa
necesidad de la alfabetización digital de un individuo, colectivo y/o comunidad, el
interventor educativo no tiene que convertirse en un experto en informática o dominar
las competencias de decodificación y comprensión de sistemas y formas simbólicas multimedias de
representación del conocimiento, de acuerdo con la definición que propone Manuel Area,
et. al. (2012: 24), ni tampoco actuar como un alfabetizador digital, sino de establecer los
consensos socio-institucionales para conformar el grupo de alfabetización, contar con el
especialista en el ramo, los dispositivos de tecnología digital, las interconexiones
necesarias y los espacios adecuados de trabajo, así como el reconocimiento formal y la
certificación institucional correspondiente, entre otros factores. En sentido estricto, el
profesional de la intervención educativa, más que un operador de acciones, es un
coordinador de proyectos socio-educativos; así, mientras el profesor realiza mediaciones
docentes, el psicólogo intervenciones psicológicas y el trabajador social intercesiones
sociales, por su parte, el interventor educativo media profesionalmente a través de la
coordinación general de los proyectos. Aunque en el proceso de intervención no se
excluye la posibilidad de su mediación directa en alguna de las actividades particulares
planeadas, pero tampoco se reduce su acción profesional a tal ejercicio, como sucede con
el resto de los profesionistas en el ámbito de la educación contemporánea. De ahí,
entonces, la necesidad insoslayable de que el interventor educativo disponga de una
formación profesional inter o, de preferencia, trans-disciplinaria.
En esta perspectiva, una de las competencias básicas de todo auténtico
interventor educativo, lo representa el dominio consistente de los distintos paradigmas
de gestión socio-educativa, así como de sus principales referentes teórico-conceptuales,
implicaciones técnico-metodológicas, condiciones institucionales u empresariales de
operación, niveles de coordinación entre los agentes participantes, dinámicas de acción
y criterios de seguimiento, puesto que la selección de cualquier modelo de gestión,
además de estar subordinada al ámbito, propósitos y acciones de intervención,
determina el grado del alcance real de sus logros e impactos sociales efectivos. La
gestión de un proyecto no se reduce a la simple aplicación de acciones instrumentales,
sino que comporta siempre una forma concreta de comprender, participar y actuar
críticamente en las prácticas propias del sistema socio-cultural, puesto que los
paradigmas son estructuras mentales, conjunto de creencias que consideramos ciertas y que nos
conducen a pensar y actuar de determinada manera, a resolver problemas, como bien advierte
Henry Ospina (2010: 81). En la tradición histórica, siguiendo los planteamientos de Juan
Casassus (1999, 2000), la UNESCO (2011) y de la organización Scrum Manager (2014),
los principales modelos de la gestión de proyectos, expuestos de manera sucinta, son los
siguientes:
Normativo. Racionaliza los procesos de intervención educativa, en función de las
normas y estándares establecidos para tal efecto, así como de la aplicación
sistemática de técnicas de proyección de tendencias de mediano y largo plazo; se
orienta preponderantemente al logro cuantitativo de las metas de mediación
profesional.
FG Marín
34
