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Los otros dos grandes macroestados son la Confederación del Sudeste Asiático o Sudasia,
articulada en torno a China por estados generalmente autoritarios en lo civil y libres en lo
económico, y la Federación Americana Bolivariana (FAB), que se extiende por el centro y sur del
continente y con la que Europa mantiene una apertura relativa. Según la doctrina del Partido, la
FAB no está tan corrompida ni sometida por el «neoliberalismo fascista» como el resto de naciones
exteriores.
Hay una razón para que yo disponga de esta información en un país tan hermético, y de un
cierto acceso a la cultura prerrevolucionaria —¡cultura! ¿Hay algo más genuinamente humano? Ni
la razón es más propia del ser humano que la cultura, ni más restringida a los animales. ¿No hay
simios capaces de desarrollar herramientas? Y sin embargo, no los hay cultos—, y se va a revelar
hoy. No obstante, no será antes de que termine este discurso.
—Camaradas hermanos, este año necesitamos que nos secundéis en las elecciones más que
nunca. ¡Se trata de estar preparados para una guerra en ciernes, pero también para la continuidad del
desarrollo de una sociedad próspera y sin parangón, evolucionada y desarrollada hasta cotas que la
humanidad jamás ha osado acercarse! Con este motivo, el Partido ha decidido proponer un aumento
de las cuotas femeninas de participación en los asuntos del Estado: ¡para acabar con la
discriminación machista, los privilegios de la casta opresora de los varones y para poner el último
clavo al ataúd del abominable heteropatriarcado, el Ministerio de Demografía producirá nueve
mujeres nuevas por cada varón nuevo traído a Europa!
Un sonoro aplauso y vítores suceden inmediatamente a la propuesta de incremento de cuotas.
El aplauso es unánime, pero los varones miran al suelo, avergonzados, mientras prorrumpen en él.
Es un acto de contrición necesario, para cuya persecución el Estado no ceja en su empeño de
educación, recordándonos a los varones nuestra posición congénita de violadores y maltratadores.
Siento un ramalazo de ira, jamás he tratado a una mujer como un maltratador o un abusador sexual.
Recuerdo lo que se me ha dicho secretamente sobre las cuotas, en conversaciones privadas
que escapan a la vigilancia de la policía reeducadora, aunque no puedo saber si es verdad porque
soy joven y no he vivido aquellos tiempos. Me dijeron que al principio solo eran de participación en
las empresas privadas e instituciones públicas, para evitar la discriminación y el machismo. Parece
inverosímil, ¿en qué mente racional cabe discriminar para luchar contra la discriminación y asumir
un planteamiento machista —la inferioridad de las mujeres para lograr por sus propios medios lo
que la ley quiere otorgarles— para combatir el sexismo?
Supongo que las primeras cuotas se impusieron junto a la custodia materna exclusiva, antes de
que el Estado asumiera directamente la educación de los jóvenes. Quizá se impusieron junto al
decreto de suspensión de la presunción de inocencia del varón ante denuncias de crímenes contra
las mujeres —como una mirada o conversación juzgada a posteriori por la víctima como no
deseada, crímenes intolerables de violación y violencia de género—, la esclavitud financiera y el
despojo de los varones separados.
—¡Gracias, hermanos! ¡No es la única medida planificada para nuestro futuro próximo! En
orden de mantener la paz social, la igualdad y el respeto en la convivencia, el Ministerio de Salud
Sexual quiere decretar también una reducción de la frecuencia de emisión de los debidos permisos
ciudadanos para mantener relaciones esporádicas heterosexuales. ¡No olvidéis que la
heterosexualidad no es natural, sino una construcción social e instrumento de dominación del
patriarcado! No se concederá más de una autorización administrativa para un mismo individuo en
un lapso de tiempo igual o inferior a un mes natural.
»Las relaciones no heterosexuales seguirán sin estar sujetas a limitaciones mientras no
adquieran carácter frecuente entre dos mismos individuos. ¡Se vigilará escrupulosa y diligentemente
que la sexualidad no encubra una relación ilegal, antinatural y desviada de romanticismo! ¡Por
vuestro propio bien no permitiremos engaños al Estado, solo él le debéis amor y fidelidad! —
anuncia nuestra Preceptora, esperando, como es natural, los aplausos que suceden a su propuesta.
Todo el mundo está de acuerdo también en seguir suprimiendo el romanticismo y la familia, y en
vigilar los impulsos heterosexuales.
