Leviatán (primer capítulo).pdf


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La policía empieza a moverse, tratando de apagar los monitores y los altavoces. La gente evita
mirar las pantallas. Los «camisas rayadas», los agentes del Ministerio de Educación, están en
camino, lo sé.
Cuando niego la diferencia entre el capitán al pie del escenario de los líderes, ese patíbulo de
la libertad lleno de verdugos, y mi propia persona, lo hago desde la literalidad absoluta:
compartimos la misma identidad. Ordeno a mis hombres subir. Se espera que cerremos filas para
proteger a los próceres del Estado. Se sospecha lo que yo sé con certeza fehaciente: la Resistencia
está detrás de este sabotaje.
La bandera queda en un segundo plano, colgada detrás de un individuo muy reconocible: el
enemigo público número uno del país, el terrorista Prometeo. Se presenta sin máscara ni miedo a
ocultar su rostro, pues huyó de Europa años atrás y su paradero es desconocido. Su apariencia no es
la de un combatiente ni un criminal, ni la de —lo que es, sin duda, peor— un político: lleva
pantalones rojos, americana azul y una camisa celeste con rayas blancas, como si cuidase su aspecto
de manera vanidosa y gustase de llamar la atención con colores llamativos y armoniosos, pero
huyendo de formalidades. Es bien parecido, va afeitado, su cabello está bien cortado y peinado, su
cinturón es del mismo color y tono que su calzado. Parece un amante de la mercadotecnia, un
creyente de la religión de los mercados libres. Su voz empieza a escucharse con claridad.
—¡Salud, prisioneros del sistema! Me precede, no la fama, si no la infamia, pues se me ha
convertido en vuestro enemigo irreconciliable. Mi nombre copa los titulares, mi rostro y la bandera
que exhibo se han tornado en símbolos de horror, imágenes difundidas para identificar a un
peligroso traidor y criminal que debéis evitar y temer. Veis mi cara difundida como la faz del
enemigo público número uno, para que me deis caza y me entreguéis a vuestros propios captores.
¡Yo soy Prometeo, la mayor amenaza del Estado!
»¡Un velo de engaños cubre vuestro mundo! Vengo a presentarme, no como un terrorista, sino
como el portaestandarte de la libertad. No como un monstruo, sino como un hombre. No como un
enemigo, sino como un amigo que tiende la mano. No como un asesino, sino como un defensor de
la vida. No como un extorsionista, sino como un consejero generoso. No como un psicópata
insensible al sufrimiento ajeno, sino como un filántropo. No como el estridente chillido de la locura,
sino como la voz de la razón. No como el ladrón de lo que os pertenece por legítimo derecho, sino
como el garante. No como un traidor, sino como un hombre fiel a su propia causa y a la causa de la
entera humanidad. No como un desertor, sino como un rebelde. No como un maleante, sino como
un hombre de justicia. No como un mentiroso, sino como el delator de los traidores a la verdad. No
como un belicista, sino como un mensajero de la paz. No como el defensor de los tiranos, sino
como el de los oprimidos. ¡El de los esclavos, no el de los esclavistas! Vengo a llamaros a la
revolución de los encadenados. Aquí rechazo todas las acusaciones y mentiras que se vierten sobre
mí. Aquí me presento a vosotros. ¡Aquí declaro una guerra abierta y sin cuartel al Estado! ¡Aquí me
levanto y os llamo a la insubordinación!
Un silencio sepulcral, no de respeto, sino de ominoso terror, de inquietud, de incredulidad, se
ha apoderado de la multitud. La tormenta continúa castigándola. Los hombres contienen la
respiración. La policía ordena a la muchedumbre que deje de mirar las pantallas y todos los
presentes que aún fijan la vista sobre ellas la retiran con intachable obediencia. Se tapan los oídos a
las órdenes de los fuerzas del orden. Se acercan los reeducadores. «¿Quizá todo aquello es solo una
escenificación perpetrada para identificar a elementos subversivos?», seguro que así piensan.
—Estáis cargados de cadenas: algunas os las han impuesto y otras os las habéis colocado
vosotros mismos. Me refiero a los grilletes invisibles con los que engalanáis vuestra frivolidad y
aprisionáis la mente: las falsas creencias, la pereza intelectual, la receptividad ante la mentira, la
suspensión del raciocinio, la sofística en la defensa del instinto, la predisposición a aceptar lo
cómodo y consensuado. Hasta que no os liberéis de la prisión que habéis construido para el
intelecto, no os libraréis de la otra prisión que se ha construido para vosotros, superpuesta a la
realidad, sin barrotes, pero limitada por los muros de las fronteras.
»Habéis acudido masivamente aquí, como un rebaño ante la llamada del pastor, para prestar
vuestro apoyo a una dictadura y a su tiránica líder. Y más grave aún: en unos días acudiréis a las