Leviatán (primer capÃtulo).pdf

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mundo a lo que pueda dirigir su reflexión. El conocimiento no es un don divino ni natural, no es el
resultado de la acción de una mente desconectada de los órganos sensoriales. No es innato ni
gratuito, sino adquirido. Es el fruto de la experiencia.
»Nunca digáis: «Los sentidos me engañan, cada hombre percibe la realidad de manera
distinta y no hay una verdad subyacente a la que aferrarse». La consecuencia de este error es
sostener que el bien y el mal no existen como absolutos, sino como relativos, que no existe una
moral que pueda poner límites a nuestra voluntad en nombre del progreso y la felicidad de la
humanidad; tal manera de pensar es inadmisible y destruye a las sociedades. Y así quieren que
penséis los secuestradores de vuestra voluntad, porque si no hay mal objetivo, ellos no pueden
encarnarlo. Y entonces el consenso de una mayoría sustituye a la verdad. Os dicen: «No hay
verdades universales», ignorando el hecho de estar sosteniendo una, la de la propia privación de
tales.
»Embriagaos con el veneno que os suministra el Estado para haceros más dóciles y veréis
objetos duplicados. Entonces diréis: «Me engaña la vista porque veo dos donde hay uno». ¿Os
engaña la vista? Preguntadle a un hombre sobrio qué es lo que ve y captaréis ambas partes de la
realidad para tener un conocimiento completo.
»La visión doble le dice al hombre ebrio: te has intoxicado consumiendo un producto que
tiene la cualidad de producir un funcionamiento anómalo en tu visión. Y así, el hombre ebrio,
considerando el conocimiento experiencial del hombre sobrio, así como el suyo propio e hilando las
imágenes sensoriales con el instrumento de la razón, captará los tres aspectos de la realidad: la
existencia de un objeto material en su campo de visión, la visión distorsionada y doble como un
efecto del alcohol y su propio estado de embriaguez. Y aunque hayáis captado diferentes partes de
la realidad por separado, no podréis decir que los sentidos os engañan por ello, porque si así fuera,
¿cómo podríais sostener que los sentidos son engañosos, sobre la base de una herramienta de
conocimiento inválida que habéis utilizado para declarar su propia invalidez?
»¿Qué os dicen a vosotros, pues, vuestros sentidos? ¡Destapaos los oídos! ¿Cuál es la primera
palabra que oís de boca de un niño cuando empieza a articularlas? «Mío.» ¡Retirad la venda de
vuestros ojos! ¿Qué impulsos observáis en la naturaleza? ¿Cómo se comportan los animales, aun los
animales racionales, esto es, vuestros congéneres? ¿Acaso no hay tres valores más evidentes que los
demás? Animales defendiendo su vida ante los depredadores. Animales defendiendo su libertad,
rehusando el cautiverio y la dominancia de otros individuos. Animales defendiendo su propiedad,
reacios a ceder su territorio y presas.
»¡Ah, pero el buen observador verá también otras compulsiones, otros comportamientos, otros
instintos! Animales sometiendo a otros, animales apropiándose violentamente de las posesiones de
sus congéneres, animales segando vidas. Y se dará cuenta de que se destruyen los unos a los otros
en un fútil intento de supervivencia, pues cuando solo el más fuerte sobrevive, lo hará únicamente
hasta que aparezca otro que pueda derrotarlo.
»La plenitud, y en buena medida la supervivencia de las criaturas, no radican en su violencia,
sino en el ímpetu con el que se aferran a la vida, la libertad y la posesión, los únicos instintos que no
se superponen entre sí ni sobre los demás.
»Y es mérito de la razón, el don exclusivo del hombre, el más valioso de los regalos que la
naturaleza entregó a ser viviente jamás, aprehender estas verdades y conducir al ser humano a un
pacto por su mutua supervivencia y progreso: el de la paz. Así nacieron los derechos reales, los
racionales, los que se levantan como murallas que delimitan el alcance de la voluntad y se
interponen entre la violencia y el instinto y la vida, articulándose en leyes que solo los garantizaban
a quienes se adscribieran a ellas, absteniéndose del inicio de la violencia. Por convención se dice
que son el derecho a vivir, el derecho a la libertad y el derecho a la propiedad y, sin embargo,
propiamente solo hay que hablar de uno: el sagrado derecho de propiedad. Porque el derecho a vivir
y a hacerlo en libertad es el derecho de propiedad de la psique sobre el propio cuerpo.
»Entonces aparecieron los tiranos y pervirtieron los conceptos, revistiendo el instinto de falsa
racionalidad. Establecieron falsos ídolos: falaces derechos incompatibles entre sí y que socavaban el
