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original heredado se tratara. Por eso el nuevo hombre se puede parecer remotamente a otras razas,
pero nunca a la blanca.
Con todo, nuestra líder es preciosa, extremadamente atractiva, embelesadora: alta y delgada
como una lanza, su cuerpo parece el de la más bella e idealizada escultura de la Antigüedad, cuando
el virtuosismo, el esfuerzo de aprendizaje y sus frutos, el trabajo constante y las proporciones
significaban algo y todo en el arte, bello por serlo a imitación de lo más excelso de la naturaleza.
Aparenta, y ciertamente es solo una apariencia, femenina fragilidad. Su ancha cadera se curva
sinuosamente hacia su cintura estrecha. Se engalana con oro y zafiros, y su chaqueta está ribeteada
con hilo áureo. Dios, qué bella es. ¿Dios? Negar su existencia era blasfemo antes, pero el sacrilegio
ahora reside en concebirla. Primero se proscribió el culto de los cristianos, aunque se toleró el de los
musulmanes para no pecar de xenofobia. El único dios ahora es el Estado providente, que merece
toda nuestra veneración.
La edad de la Preceptora no importa, la sofisticada ingeniería genética hace que aparente
siempre dorada juventud.
El mundo animal es impresionante y comprende portentos inimaginables, organismos
terriblemente exitosos y apegados a la vida: están las repugnantes ratas, que pueden portar y
contagiar decenas de enfermedades sin que ninguna se manifieste en ellas; las cucarachas, que
pueden sobrevivir a una intensa radiación letal para los demás seres, o subsistir durante días tras
perder literalmente la cabeza; están los tardígrados, que pueden sobrevivir en el vacío del espacio,
ante altísimas presiones y ante temperaturas extremas; e incluso hay ciertos tipos de medusas que
pueden revertir el envejecimiento biológico, siendo virtualmente inmortales.
La lideresa es como una de esas medusas inmarcesibles: sus células han sido programadas con
genes impropiamente humanos para burlar el envejecimiento, para que no se detenga ni ralentice su
replicación. Ha sido diseñada y creada por ingenieros genéticos como una líder perpetua.
Verdaderamente es impresionante, ni siquiera la adelantada medicina americana es capaz de
conseguir la inmortalidad. Pero la biotecnología europea es alquimia, es la piedra filosofal.
En cuanto a mí, no deseo un día más de vida, sino un fin precipitado. Desde que tengo uso de
razón, nunca he comprendido el apego más allá de lo instintivo y biológico al mundo de los vivos.
Toda dicha, todo placer, son transitorios, y se constituyen solo como bien en la medida en que
resuelven nuestro estado de privación natural, imperfectamente y por tiempo limitado.
Los filósofos cristianos explican el mal, no como una creación divina, sino como una
privación del bien, y así exculpan al Creador. Como el estado natural del hombre es en realidad
negativo, quizá debiéramos decir realmente que el bien solo existe como privación de la privación,
como ausencia de mal. Pero yo tengo un consuelo: a mí se me ha hecho más longevo y juvenil, no
inmortal. No estoy condenado a una vida eterna de padecimientos, de sinsabores, de mentiras, de
falsa esperanza. De hecho, es probable que el de hoy sea el último de mis días. Pero eso da igual.
En el futuro podrían cambiar las resoluciones del Estado, pero —en el presente— el miedo a
una catástrofe malthusiana y la búsqueda de la creatividad para el desarrollo científico-técnico de la
sociedad llevan a nuestros líderes a adoptar la resolución de fabricar seres humanos caducos y
favorecer el relevo generacional. Y al producir seres más inteligentes y con mayor capacidad de
aprendizaje, se acelera el desarrollo humano durante el periodo infantil para que un crecimiento
precipitado convierta prematuramente al niño en un elemento útil de la sociedad. La consigna es
erradicar la infancia al final. La vejez, como es inútil, se suprime también, de manera que la muerte
sobreviene al novsap en una juventud aparente.
Empiezan a repartirse pastillas entre la multitud: píldoras con una alta concentración de
alcohol, la única droga cuyo consumo permite el Estado. La única útil para la Unión. A los jerarcas
no les importa reconocer que evitar el pensamiento es uno de los motivos: «Pensar es alta traición.
La razón es contrarrevolucionaria. La filosofía es corruptora.» ¿Por qué se proscriben las demás
drogas? ¿En la búsqueda del bienestar y la salud del individuo? ¿No habría de corresponder al
propio individuo aquello, y decidir qué le conviene o qué no? No aquí, no en este tiempo. Pero la
prohibición responde, eso es evidente, a consideraciones meramente prácticas. Lo que no es útil no
debe permitirse.