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contacto con el cuerpo. El capitán bajo ella es imponente, superando holgadamente los dos metros
de altura, de brazos como troncos de árbol, espalda ancha y una robusta y saludable constitución. Se
sitúa bajo el atril de la tarima y, si parece idóneo para desempeñar su función como militar, es
porque ha sido diseñado expresamente para ello.
Como la mayoría de líderes sobre el escenario, el capitán pertenece a la nueva especie de los
novsap, y yo no soy diferente a él. Porque yo no he sido concebido, sino planificado, diseñado. Soy
un producto de la ingeniería genética pansocialista, un Homo Novus Sapiens.
En ocasiones siento odio hacia mí mismo, conceptuado y traído a la vida como una
herramienta del Partido y del Estado. Como los criadores que hacen selección artificial para crear
razas obedientes y fieles de canes, el Estado me ha traído a la vida para ser un perro sumiso y leal. Y
pese a todo y por alguna razón, en mi interior me rebelo a mi condición. ¿Quizá no constituya yo la
excepción? ¿Invaden las mentes de la mayoría de habitantes de Europa, retraídos, silenciosos, las
mismas ideas que la mía? ¿Es la naturaleza humana gregaria, o es individualista e insumisa?
Pero si la naturaleza del resto de hombres fuera similar a la mía, ¿cómo explicar la masiva
participación en las elecciones y las consecutivas victorias del Partido? El veto a la oposición es
exclusivamente ideológico, la democracia es sacrosanta. Un candidato o un partido puede
presentarse a las elecciones contra los pansocialistas siempre que no exponga un programa e
ideología discordante o, en resumidas cuentas, un discurso de odio.
Los pansocialistas vencieron primero en las elecciones antes de proscribir la libertad de
pensamiento y expresión y, hoy, en una situación muy diferenciada, siguen venciendo a través de
celebraciones con altas cuotas de participación. Quien controla la cultura, controla la política.
Construye ideas y construirás sociedades. Destruye las que sean inconvenientes y las moldearás
como te plazca.
Centenares de autodrones equipados con varias cámaras para grabar todo a su alrededor, sin
ángulos muertos, surcan el cielo como pájaros mecánicos. Captan las imágenes y las transmiten a
las antenas y servidores para que los espectadores puedan asistir vívidamente desde sus casas y los
centros neurálgicos del resto de ciudades y poblaciones al encuentro, gracias a las tecnologías de la
holovisión y la Interred. Por supuesto, solo los extranjeros pueden conectarse a la Interred. El
Estado la utiliza como medio propagandístico, pero la cuarentena establecida para acabar con la
nociva influencia exterior proscribe a los nacionales el uso de la realidad virtual conectada.
Una enorme pantalla se sitúa tras la plataforma de los líderes para transmitir las imágenes
frontales a aquellos asistentes sentados a sus espaldas, y otras tantas se mantienen sostenidas en el
aire por cables o por sí mismas, flotantes, en las calles de los alrededores del estadio.
Empieza a tronar violentamente: es el ruido de la artillería celeste que acompaña a sus
andanadas, la percusión de una violenta melodía. Las brechas del cielo se están haciendo mayores,
como bocas vociferantes, llenas de ira. El cielo se rompe, sus fragmentados pedazos caen sobre la
multitud: el agua gélida de la tormenta. La fría lluvia empieza a caer a galones, el goteo previo ha
dado paso a una caída torrencial. El viento es helado, poderoso y veloz; golpea a los asistentes y les
arroja las gotas de agua oblicuamente, de manera que las cornisas y protecciones del estadio se
tornan inútiles. Los rayos hienden de arriba a abajo un cielo que pronto cicatriza, y los relámpagos
iluminan intermitentemente una oscuridad alumbrada también, siquiera tenuemente, por los faroles
y focos dispuestos para ello. Los fogonazos a intervalos parecen una rápida sucesión de días cortos
y noches largas. Pero ni el constante y caudaloso flujo de agua ni el beligerante viento consiguen
apagar el fervoroso fuego de la multitud.
Y ahora un sonido más poderoso se sobrepone sobre el de los truenos, emitido desde los
altavoces de los autodrones y desde aquellos, de mayor tamaño y potencia, que han sido dispuestos
sobre el suelo o elevados sobre él, sujetos por cables y soportes. Y esta melodía sí provoca un breve
silencio repentino entre la multitud, roto al instante, cuando esta empieza a corear el himno con
energía. Y yo con ellos. Y no solo la prudencia me lleva a hacerlo, porque el himno es bello y
vehemente. Me invade, me transforma. Mientras suena, yo también soy socialista. ¿Qué
sensibilidad estética podría resistirse a su belleza propagandística? Todos levantan ambos brazos,
muy rectos, y forman una sigma mayúscula (girada) con las manos unidas por encima de sus