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Hace días que empecé a pensar en la posibilidad de pasar una semana
afiebrado. Algo me decía que mis defensas habían bajado considerablemente y
desde hace dos días me encuentro afiebrado.
La fiebre, escribí hace mucho, “es un lugar adonde uno está y listo”. Ahora con
casi 39 grados me doy cuenta de que es así. Además, en otro tiempo leí que la
fiebre es algo secreto, una instancia donde uno se acerca a un conocimiento
vedado a la conciencia cotidiana, “como caer en un pozo por el que nadie
puede seguirte”. Y algo de eso hay, de materialidad topográfica en los delirios
de la fiebre y de oscura revelación, en los cambios bruscos de temperatura, en
el sudor frío que te despierta en plena madrugada. El cuerpo acalorado te
despersonaliza y cada pensamiento viene cargado de una semántica ajena a
partir de la cual la estructura febril (tanto los signos visibles en el cuerpo como
los procesos interiores incapaces de ser vistos en primera instancia) toda la
estructura febril, decía, adquiere aquel carácter secreto.
No obstante la fiebre volví a la escritura del texto que intenta llegar al fondo de
las cosas. Me pareció que el hecho de estar cerca de un conocimiento
extraordinario debía ser operativo para volver a determinados procesos de
pensamiento y sobre todo de producción. Las imágenes que nacen del centro
mismo de la fiebre, por lo general desordenadas, implican una posibilidad
nueva en términos cognoscitivos, pero también estéticos. Me refiero a que la
parte febril de aquel texto tiene el ritmo impuesto por la fiebre: a diferencia de
los fragmentos de este diario aquella parte la escribo cuando está en su punto
más alto. Duermo mucho y mal, y me siento como puedo en la computadora a
reflejar ese estado. Cuando baja, después de haber tomado un jugo de naranja
exprimido y algún analgésico, puedo sentarme a mirar televisión o acostarme
de nuevo en la cama e intentar dormir sin la omnipresencia del secreto
acechando todo el tiempo, sin esa especie de lengua caliente y oscura “que te
lame y te lame hasta (que finalmente logra) despertarte”.
En el baño por un momento quedé paralizado en pleno brote de la fiebre.
Después de haber estado sentado en el inodoro un rato, cuando quise tirar la
cadena vi las grietas en eso que estaba flotando en un agua ya turbia y me
pareció que en sus hendiduras, como le había pasado al Pitufo en dudosas
facultades intelectuales con su mesa del living, había un mensaje a decodificar.
Me quedé un rato mirando atentamente los matices del color y las hendiduras
ramificadas conformando un itinerario discontinuo y, como pude, a partir de una
relación libre e instantánea, fui a la computadora para abrir un archivo con un
poema que Kosac me había pasado hacía mucho, cuando iba a chatear a un
ciber, y que contenía, en principio, la misma imagen que estaba tratando de
entender. Entonces me encontré con “tres mierdas de forma parecida” leídas
en términos de arte poética y más allá de en algún punto cierta analogía con mi
propia escena (en la similitud de algunas imágenes precisas como “trazos
gruesos marrón oscuro” y en tanto en el poema esas mierdas se presentan
como “una posibilidad de abstracción”), más allá de estas similitudes sentí que
quedaba un espacio vacío en el propio objeto, marrón flotando en un agua
turbia, que no pasaba por la serie de significados y connotaciones a partir de

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