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Estos fueron los dos grandes acontecimientos en la villa durante el año que
tuve que cuidar a la Lechuza, acontecimientos de los cuales pude ver con mis
propios ojos algunas imágenes parciales. Después, todo lo demás en los días
insignificantes eran noticias que me llegaban incluso a través de la propia
Lechuza: el suicidio de algún chico o los abusos sexuales reiterados por parte
de un vecino hacia su hijastra. Estas noticias eran pasadas a través de un filtro
poderoso que había en mi cabeza y no me afectaban en lo más mínimo.
Correspondían (a diferencia de la muerte de aquel operario que había venido
de afuera) a los sucesos lógicos del barrio, a lo que de lógica propia podía
haber en aquel lugar: como la música muy fuerte a la siesta, la cumbia del
polaco rubio sonando todo el tiempo, o los grupos de chicos a la noche en las
esquinas. Todo, para mi cabeza como un biombo, pertenecía al mismo orden
de cosas. Ahora, en cambio, mi actividad mental es muy distinta y el tiempo
que paso sin escribir lo siento irrecuperable. Hace días que lo único que hago
es mirar por la ventana, moverme por el departamento como un animal
encerrado, sin la capacidad para terminar de cuadrar ninguna idea ni poder
sentarme en la computadora y escribir un párrafo. Miro televisión cuando
encuentro algo que me interesa, alguna sesión en el Congreso, y vuelvo a la
computadora para mirar el texto y recorrerlo de arriba a abajo. No escribo. Voy
a la habitación y me acuesto mirando el techo, que refleja la luz de una
lámpara. Intento leer textos programáticos teóricos y tampoco, casi nunca
puedo. Vuelvo a la computadora y abro el archivo con el texto que intenta llegar
al fondo de las cosas, aplico el zoom que permite el procesador y lo sobrevuelo
por arriba: en la página veinte hay un horizonte lluvioso.
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Una persona pobre puede entrar al Congreso de la Nación y seguir una sesión
especial de diputados directamente desde uno de los palcos. Puede detenerse
en los ornamentos de las paredes altísimas y en las columnas que suben.
Puede ver la herradura de butacas cerrándose en orden de importancia hasta
reducirse a una mesa con pocas personas. Puede ver el detalle de las butacas
de cuero, perfectamente conservadas, alternando con sillas movibles de paño
rojo para que se sienten los asesores de los diputados. Puede ver el tablero
electrónico y los diputados trajeados, acercándose alternadamente al micrófono
para emitir sus discursos, algunas veces acalorados y otras no, sobre una
alfombra roja repleta de papeles diseminados. Puede ver, siempre desde
arriba, a los diputados que están sentados y a los que caminan por el recinto
con carpetas, los que se encuentran y hablan mientras la sesión está en su
curso. Puede ver los palcos enfrente suyo, repletos de personas y cámaras de
televisión. Puede ver el movimiento en las butacas y cómo entra una fila de
fotógrafos ante una inminente resolución o juramento, y cómo los que estaban
sentados en la mesa paralelamente a las butacas son fotografiados atrás de la
Constitución Nacional y los Santos Evangelios. Puede ver cómo se desordena
todo en un segundo y empiezan a bajar cantos desde los palcos como si fuese
una cancha de fútbol.
Una persona pobre puede entrar al Congreso de la Nación y ver, en definitiva,
un gobierno de nadie.

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