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característicos, acotados, los grandes silos, las calles de tierra, la casa donde
viví durante dos años cuando era chico. Habíamos ido hasta un galpón lleno de
trigo y había saludado a su papá, después de más de quince años de haberlo
visto por última vez. Después habíamos ido hasta su casa y me había
sorprendido al ver a su hermano más chico porque seguía igual que hacía
quince años, con la misma estatura y la misma apariencia, pero sobre todo me
sorprendía una triplicación que había sufrido: había otro hermano igual jugando
con él como si fuesen gemelos y un tercero un poco más bajo pero que
aparentaba ser considerablemente más viejo, como si hubiera pasado la línea
de los cincuenta años. Después habíamos entrado a la cocina, había saludado
a su mamá y habíamos hablado de cómo seguía todo en el pueblo; me había
contado que este tercer hermano era un problema para ella porque desde la
separación con su marido, ante la aparición de algún pretendiente, la celaba, la
espiaba y le hacía la vida imposible.
En otro momento de la noche también había estado soñando con mi familia, en
un living de uno de los dúplex de este mismo fonavi, con una luz suave y una
mosca o una clase de insecto de vuelo estático que estaba ahí, volando y
produciendo la sensación de haberse paralizado todo, felizmente, mientras
hablábamos envueltos en esa luz hermosa. Después, cuando me desperté y
dejé de soñar me vino este dolor nuevo en el estómago y apareció Ulises, el
gato del departamento de al lado que suele meterse en el mío y quedarse
hasta muy tarde, para en algún momento de la madrugada entrar a mi
habitación y pedirme salir por la ventana. Así que cuando vino yo estaba
doblado sobre la cama y me paré desnudo como pude y le abrí la ventana por
donde entró un frío nocturno, y Ulises no se animó a salir porque había una
montaña de frazadas acumuladas en la mesa donde a veces leo (y que está
justo abajo de la ventana), por lo que tuve que alzarlo y acercarlo a las rejas
por donde se contorsionó con mucha habilidad y salió disparando, agarrado al
poste que pasa bordeando la pared del monoblock, hasta que desapareció por
el techo.
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Desde hace unos días no puedo escribir nada de ese texto estructurado en
bloques que intenta llegar al fondo de las cosas. Por lo tanto mis alternativas se
reducen considerablemente. Apenas salgo de mi departamento al barrio de al
lado, a hacer alguna compra a uno de los almacenes que hay en los bulevares
internos. El resto del tiempo lo paso mirando por la ventana o viendo televisión,
por lo general buscando alguna transmisión maratónica. No me siento mal pero
sé que cada día que pasa sin haber escrito una sola línea es un día perdido en
términos productivos. En cambio cuando cuidaba a la Lechuza este era mi
estado natural y las raras veces que pasaba algo por afuera de mi rutina chata,
sobre todo en el contexto de las construcciones conglomeradas, de materiales
precarios en las calles de tierra, lo miraba distanciado como a través de una
pantalla. Así tenía la cabeza y en algún punto esa solución química que
encontré a los costados de la cama fue, sencillamente, una solución a secas.
Más allá de los diálogos insustanciales con la Lechuza y de los limitados
encuentros con la gente que tomaba algo en la vereda, gente mayor y gente
joven que acertadamente me veía como un personaje secundario (que no

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