culpa moderna.pdf

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sorprendió tanto como me produjo, paradójicamente, una sensación de soledad
instantánea, ya que no me veía reflejado en esa construcción sino todo lo
contrario. Encontraba que de nuevo, bajo un sistema que me era
completamente ajeno, como en aquellos años en que cuidaba a la Lechuza, me
convertía en el asistente ocasional de otra persona. Estaba ahí para darle
legitimidad a ese mundo aparte, inentendible, repleto de mensajes
trascendentes en las cosas más mundanas. Todo lo demás en la vida del Pitufo
seguía igual que siempre: los mismos litros diarios de vino barato rebajados
con jugo o gaseosa.
El Pitufo sacó de la heladera una caja de vino, me sirvió un vaso y fuimos al
balcón donde me explicó el hallazgo de ese día: el circuito repetitivo de un auto
blanco que, desde la mañana muy temprano, estaba dibujando la misma forma
a raíz de seguir el recorrido por las mismas calles. “¿Lo ves?”, me preguntó, y
apareció un auto desde abajo de nuestro ángulo de visión, entre otros autos,
visible todo el tiempo gracias a que el edificio del Pitufo es el último del sector
sur de la ciudad y se puede ver cómo suben las calles, incluso
geográficamente. “Ahora dobla a la derecha”, me dijo y el auto dobló a la
derecha. “En la plaza dobla a la izquierda”, dijo y el auto efectivamente en la
plaza dobló para la izquierda. Lo seguimos hasta que cruzó las vías y
desapareció. En una hora y media, en teoría, iba a volver por donde había
venido para repetir la secuencia por las mismas calles. “Está así desde la
mañana”, me dijo el Pitufo y se rió de manera frenética. Pero después, cuando
tomamos otro vaso de vino, el Pitufo se mostró preocupado y me di cuenta de
que estaba siendo preso de un trabajo monumental. Cuando cayó la noche en
el horizonte repleto de luces (de la ciudad y del polo petroquímico), entramos al
departamento y antes de despedirme me mostró la mesa donde come, una
mesa de madera llena de rayitas hechas con cuchillos y navajas, puntos
anotados en juegos de cartas y nombres viejos que pertenecen al pasado, de
personas que ni siquiera están, rayas que por acumulación se fueron cruzando
hasta formar una red mínima en relieve, más oscura que el color de la madera,
y donde radicaba según el Pitufo el verdadero mensaje que tenía que descifrar
y no podía. Me di cuenta de que cabía la posibilidad de que se quedase
atrapado en la construcción de su mundo alternativo, como pegado a la red
oscura que se formó naturalmente en esa mesa.
Fue entonces cuando decidí no ver más a la gente y recluirme en mi
departamento del fonavi.
***
Abril, 2010
Hay una faceta interruptiva, que suspende cualquier actividad (salvo la de
seguir el desarrollo de un acontecimiento), en la transmisión sostenida de un
hecho periodístico por televisión durante cinco horas en tiempo real. La
programación se descompone en uno de los canales que tiene mi televisor y
decido quedarme a seguir una sesión en el Senado en la que está el Ministro
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