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desparramada, me detuve en una montaña de frazadas y cobijas y empecé a
sacar primero una y después otra, hasta llegar al suelo de tierra donde
encontré un perro seco, los restos de un perro tapado mucho antes de que yo
entrara por primera vez a esa casilla. Inmediatamente volví a poner las
frazadas como estaban y me quedé pensando en la fuerza de un mundo
alternativo, no menos real que el legitimado por todos, con leyes propias que
mantienen entre sí una lógica cerrada. Pensé en la Lechuza y en su capacidad
para generar ese mundo. Entonces fui hasta donde estaba mirando televisión y
me quedé con ella, no sintiéndome parte de nada, sino con una sensación rara
en el estómago y aquella sentencia en la cabeza que me decía “me niego a
vivir bajo el orden impuesto por la superstición”. Sentencia de una aparente
contundencia formal, aunque vacía de contenido en la práctica, ya que la
Lechuza, en tanto Araña, y en tanto capaz de generar un mundo alternativo,
me subordinaba a una mera posición de asistente.
No me quedaba más que recluirme en un abismo construido de manera
artificial. El cóctel de medicamentos trabajando en mi sangre, en la intimidad de
mi departamento, pero sobre todo en la de mi propio cuerpo, representaba la
esfera más privada, aquello que despertaba una serie de procesos invisibles a
primera vista (además de inaudibles) y que se ejecutaban más allá de lo que
estuviese pasando afuera (de mi departamento y de mi cuerpo): los efectos en
mi estado nervioso, en mi actividad mental, era en aquel entonces la
“quintaesencia de toda mi propiedad”, lo que podía tener absolutamente, sin
ninguna restricción de ningún tipo. Esos momentos de alteración química de mi
organismo eran, ahora que puedo verlos retrospectivamente, la posibilidad más
acabada, a la vez que sencilla, de sentirme libre en los acotados márgenes de
mi habitación del fonavi.
//
Una persona pobre puede entrar a un restaurante del centro con la intención de
usar el baño y, mientras escucha el sonido monocorde de la vajilla sonando
como una música mala, detenerse en las personas que están sentadas en las
mesas esperando ser atendidas o en la gente que ya está comiendo de su
plato, o en cualquier otro detalle del movimiento natural de un lugar así,
siempre y cuando logre abstraerse de lo que implica su presencia para los
empleados encargados de mantener el orden y el buen gusto. Esa persona
pobre, si logra abstraerse, puede hacer un recorte casi en términos
cinematográficos: encuadrar a dos señoras de cincuenta años tomando el té en
una mesa, para después recortar un poco más el plano y encuadrar sus caras y
después los accesorios femeninos (el detalle de los aros, los colgantes, la
tintura, el volumen del peinado, el maquillaje en los ojos y los labios) para
terminar deteniéndose en cierta tersura artificial de la piel y en algunas
terminaciones, en ciertos acabados de los ángulos de sus caras (en la nariz,
los labios y sobre todo en los pómulos) y concluir que la deformación de una
persona que fue sometida reiteradamente a operaciones estéticas, incluso
cuando muchas hayan sido fallidas, es para un amplio grupo un rasgo marcado
de clase. La cirugía plástica, puede concluir, es un accesorio más, al nivel
material de unos aros y un colgante. No importa el producto final siempre y
cuando se vea la artificialidad de la expresión. Esa artificialidad es el objeto y

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