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una computadora vieja repleta de fotocopias mal sacadas, intentando escribir
un texto que llegase al fondo de las cosas y que no es éste.
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Cuando uno va entrando por una autopista a la ciudad más importante del país,
mientras se detiene a observar el flujo constante del tránsito por nueve carriles
en una misma dirección y los primeros grandes aglomerados urbanos,
construcciones en altura de viviendas populares con las persianas oxidadas por
el tiempo, abajo de las múltiples colectoras que conectan esa autopista con los
diferentes barrios y ve los grandes carteles publicitarios, las blancas sonrisas
monumentales contrastando fríamente con esos grupos de edificios viejos de
contención social, y después de ver a las personas en las ventanas colgando
toallones y ropa lavada llega hasta una colectora de la autopista que la conecta
con uno de los sectores que cambió más vertiginosamente en los últimos años
a partir de un “plan maestro” políticamente construido, y ve las dársenas del
puerto y las altísimas torres de oficinas plateadas, torres que brillan por la
noche, entiende que la sociedad es una alianza, para bien o para mal, pero una
alianza de todas maneras. Entrar a la ciudad más importante en términos
económicos y demográficos, estar entrando significa situarse en el plano más
amplio, más significativo donde todos ven y oyen la cosa común desde distintas
posiciones; es situarse en el marco de una simultánea presencia de
innumerables perspectivas. Lo público, podría llegar a pensar uno mientras
hace este recorrido, que va del acceso sur hasta el sector céntrico de la ciudad,
une y separa al mismo tiempo. ¿En qué consiste hoy la publicidad de la esfera
pública? ¿En qué sentido el espacio privado es privativo? Puede pensar, más
allá de ese famoso postulado de que “la propiedad privada es un robo”, en
tanto el aumento de esa propiedad ha ido en detrimento de la riqueza social,
que lo único que tiene en común el pueblo son sus intereses privados. Uno
puede reconstruir, si es que tiene imaginación y algo de experiencia, el interior
de alguna de las habitaciones de esos primeros edificios sociales al mismo
tiempo que el de una de las oficinas lujosas. Y en esa reconstrucción intentar
poner los intereses cruzados, uno al lado del otro, para ver los puntos de
contacto que tienen entre sí. Y de esta manera llegar a un mejor entendimiento
de determinados procesos.
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A primera vista un texto superficial no difiere de uno que intenta llegar al fondo
de las cosas. Los dos pueden dibujar la misma estructura en la página, tener el
mismo volumen en los párrafos. La diferencia de sentido es perceptible sólo en
una lectura medianamente crítica. En un texto superficial la mera acumulación
de párrafos es ya un valor en sí mismo. La posibilidad de etiquetarlo de varias
formas de manera que los motores de búsqueda sean activados más veces es
una razón suficiente para que quien lo escriba adquiera objetos de consumo. El
acceso a estos objetos, a partir de la escritura de un texto orientado a la
acumulación obsesiva de párrafos, es un logro objetivo del propio texto. Un
reloj pulsera de primera marca es un logro objetivo. Un perfume importado es
un logro objetivo. La adquisición de estos logros objetivos, para quien escribe
un texto intencionalmente superficial, significa haber llegado a un

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