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En el centro escuché hablar a dos personas relativamente jóvenes sobre los
beneficios de haber elegido una profesión liberal, charla que desencadenó en
mí una serie de elucubraciones dispares que se fueron ramificando y que, con
no menos fuerza, me llevaron a concluir en los beneficios de no haber elegido
ninguna profesión.
No soy un desocupado, ni un asalariado ni tampoco un cuentapropista. Alguien
que acaba de quedarse sin trabajo puede caminar, rico en tiempo, por las
obras en construcción de la ciudad y ver a los obreros, la imagen más acabada
de lo que representa un trabajador y pensar que esa representación adquiere
sentido a partir de que cobran un sueldo todos los meses y se levantan a una
hora determinada, pero sobre todo porque lo hacen para llevar a cabo un
trabajo específico centrado en su fuerza física y en algunas condiciones
técnicas que los posicionan, dentro del complicado entramado social, en una
serie de derechos y obligaciones civiles. Uno de esos tipos al quedarse sin
trabajo repentinamente por reducción del personal o lo que fuere, es
entendible, podría decidir terminar con su vida.
Últimamente estuve teniendo un pensamiento recurrente en situaciones
triviales que ni siquiera es importante precisar. Es decir: ante un par de
desenlaces posibles generé, en este último tiempo, una estructura lingüística
obsesiva, reiterativa, en primera instancia con un significado bien claro, pero
que al gestarse como se gestan ciertas actitudes incomprensibles supuse que
estaba significando otra cosa más allá de lo que enuncia desde un punto de
vista semántico. El significado profundo, me parece, pasa por afuera de las
diez palabras que lo conforman y en esa ambigüedad suelo desecharlo sin
mayores preocupaciones. Voy caminando hasta el barrio de al lado a hacer
alguna compra necesaria o vuelvo de hacer algún trámite y aparece. Prendo el
televisor para ver las noticias o salgo a la ventana de mi pieza a mirar el
movimiento del barrio y aparece: “de última me pego un tiro y a otra cosa”.
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Escribir un texto que llegue al fondo de las cosas modifica la estructura mental,
sobre todo porque se encuentra encorsetada en un mundo regido por
relaciones de sentido y cláusulas construidas gramaticalmente. Mis sueños, la
forma de mis sueños, más allá de los contenidos ocasionales, sigue la lógica
de ese mundo y ese es el signo palpable de mi total compenetración con la
empresa de escribir aquel texto. No tengo descanso posible: las veinticuatro
horas del día, más allá de grandes espacios vacíos en mi producción, se
subordinan a una sola cosa demasiado ambiciosa. Antes, en cambio, cuando
andaba por la vida con la cabeza como un biombo, era distinto. Mis días
también se reducían a una única actividad, pero todo en mi estructura mental, a
raíz del cóctel de medicamentos del que disponía y a una predisposición a vivir
una vida sin sobresaltos, era descanso, frío mental. Me levantaba muy
temprano, en invierno a veces cuando todavía no había amanecido y me iba a
la villa caminando o en bicicleta a cuidar a la Lechuza. Era lo que me había
tocado hacer y más allá del escaso provecho que podía sacar de esa actividad

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