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nunca cuestioné mi suerte. Llegaba a la villa atravesando campos prendidos
fuego, grandes espacios de pastizales siendo prendidos fuego, a través del
humo blanco en la madrugada y entraba sin avisar en la casilla oscura, adonde
a veces encontraba a la Lechuza ya despierta, levantada desde muy temprano,
tanto como para haberse trasladado por sus propios medios a la habitación de
entrada, donde se sentaba en silencio y me esperaba en la oscuridad con los
ojos abiertos. Esta imagen, que solía repetirse en las madrugadas de invierno,
hizo que esa señora gorda con severos problemas de motricidad, casi
desconocida, no tuviese un nombre propio sino solamente un apodo: la
Lechuza. Así la llamaba y ella respondía en silencio, moviéndose de un lado
para otro, cuando caía la tarde o se cerraba de nuevo la noche sobre la casilla
de chapa. Mi tarea se reducía a estar ahí, a prepararle mate cocido, a hacer
algunas tostadas de pan viejo, a darle la medicación y a ayudarla a acostarse a
la noche en la cama de hierro hospitalaria. Llegaba siempre tarde a mi
departamento del fonavi, pero, casi a falta de actividad intelectual, descansado
mentalmente. No me sentía disconforme: la vida que me había tocado me
parecía una vida sencillamente adecuada.
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En la página cinco hay un cristal roto, en la seis una flor cerrada y en la siete
una esvástica nazi.
A veces me miro al espejo en mi departamento del fonavi y encuentro que soy
la proyección de mi texto. No sé cómo podría explicarlo pero sé que los signos
que aparecen en mi cara, las manchas atribuibles a una reacción alérgica o a
cierto malestar nervioso, no son más que la reproducción física de un texto que
intenta llegar al fondo de las cosas. Si un día de estos al levantarme decidiera
abandonar la empresa y me pusiera a escribir un texto superficial tengo la
certidumbre, estoy convencido, de que el espejo me devolvería otra imagen. Mi
departamento carece casi de bienes materiales: tengo una mesa ratona y un
televisor, una computadora en una de las piezas, una heladera mediana en la
cocina y dos colchones apilados en otra pieza donde duermo en promedio diez
horas por día. A la mañana, cuando estoy despierto y abro la ventana, entra
luz. Mi ventana da a una serie de pasillos muy característicos, bordeados por
ligustros donde a veces corren chicos y se esconden, juegan a cosas que
jugaba yo cuando era chico, en esos mismos pasillos rodeados por hileras
verdes. A veces, cuando salgo a mirar por la ventana y me quedo un rato,
puedo pensar retrospectivamente, hacerme una idea del paso del tiempo y
comparar mi estado actual de relativa independencia con mi posición social en
este mismo barrio hace más de quince años, cuando era un chico y las
relaciones estaban signadas por acuerdos tácitos, además de por la absoluta
carencia de una visión proyectiva hacia el futuro. No obstante esa serie de
relaciones en donde estaba posicionado relativamente bien, imagino que la
escena actual, este mismo departamento emplazado en el piso más alto del
mismo monoblock de siempre, no hubiese sido la escena que hubiese
imaginado en aquel entonces para mi futuro. Me refiero a que veinte años atrás
no hubiese imaginado que iba a estar viviendo en el mismo barrio, en el mismo
departamento en el cual crecí, de manera austera, moviéndome alrededor de
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