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conformaban un mundo al cual no pertenecía ni iba a pertenecer nunca. Mi
carácter opaco, seguramente la única constante que se mantuvo hasta el día
de hoy, me facilitó hacer mi trabajo de la mejor manera, sin grandes
sobresaltos incluso cuando ocasionalmente en la vereda, sobre todo los días
festivos, me veía obligado a interactuar más de la cuenta, a dejar expuesta mi
vulnerabilidad tomando una sidra con los vecinos que siempre había, en las
calles de tierra sentados viviendo la verdadera vida de la villa todo el tiempo. Mi
carácter opaco, decía, fue una especie de pátina, una manera de decir
naturalmente sin ningún tipo de impostación que no era peligroso en ningún
sentido, algo que notaron siempre las personas que pertenecen a la escala
más baja de la vida social como las de los eslabones más altos. Nunca
representé ningún peligro para nadie y eso sumado a una actitud de pasividad
voluntaria por parte mía hizo que me moviera por los caminos más disímiles
con la menor cantidad de problemas posibles. “Soy un pobre tipo (económica y
moralmente) incapaz de hacerle nada a nadie”: sobre ese postulado se
fundaba el contrato de contigüidad ocasional que podía entablar con alguien
apenas conocido y sobre todo el éxito en nuestras posibles triviales
transacciones. Podía entonces, mientras tanto, y al tener acceso a un cóctel de
medicamentos en esa época, andar por la vida con la cabeza como un biombo.
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Pensando en lo que uno es, hace y tiene, existe la posibilidad de ser, hacer y
tener otra cosa. En principio podría sentir la determinación de escribir, en vez
de un texto que intente llegar al fondo de las cosas, uno superficial que
solamente roce la superficie de determinadas cuestiones, con una lógica
funcional. Funcional en el sentido de la finalidad del texto: conseguir poder
adquisitivo. Acumular, siguiendo la lógica aditiva del texto, objetos de consumo.
Objetos de lujo para ascender en el status quo y posicionarme de una mejor
manera para la producción de un texto que acumule párrafos y párrafos sobre
distintos temas para acceder a más poder adquisitivo, lo que redundaría en una
cantidad mayor de objetos de consumo y cerraría un círculo en constante
movimiento. Para eso se necesita, como en la producción de un texto que
llegue al fondo de las cosas, una competencia particular. Y esta competencia,
en la posibilidad real de llevarla a cabo, trasuntaría en un modo de hacer
diferente, lo cual derivaría en formas de ser y de tener muy distintas. Hay una
casa que es así: una puerta inmensa que se abre a una gran escalera de
mármol que conduce a una sala de estar con sillones rojos y reproducciones
técnicas de cuadros famosos, donde se pasa a una biblioteca altísima que
tiene una escalera corrediza para llegar a los libros más inaccesibles, desde
donde se ve una puerta entreabierta que da a una habitación matrimonial con
un somier también rojo, de cubrecamas rojo, con cuadros famosos
reproducidos técnicamente en la cabecera de la cama. Esa casa tiene, del otro
lado de la sala de estar, una cocina amplia, con una mesada cómoda y una
heladera industrial, gris, con un freezer en la parte de abajo con productos
exóticos. Esa cocina tiene, sobre el margen derecho, un patio verde en altura,
una terraza verde con paredes pintadas de rojo ladrillo, adonde hay una pileta
mediana, no muy grande, entre una artificiosa vegetación tropical de palmeras
enanas, iluminadas a la noche con luces que salen desde el suelo. En esa casa
hay una pareja que acumula bienes materiales y que, por lo tanto, se ama.
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