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frecuentar. Incluso si decidió empezar con una producción escrita que intenta
llegar al fondo de las cosas y eso trasuntó en suciedad física: en manchas y
desprolijidades en el propio cuerpo. Son espacios arquitectónicos de corte
aristocrático pero que permiten, más allá de las contradicciones reprochables,
la aceptación del “bicho” cultural que decide entrar por los arcos bien
iluminados, pensando que los organizadores lo conciben en plena conciencia
de sus capacidades creativas. Y entonces puede comer un tentempié, tomar
una copa de vino y sentirse más pobre.
//
La organización de los papeles de una persona pobre, que sabe o cree tener,
más allá de esa pobreza visible, cierto capital simbólico acumulado. La
escritura de cosas que intentan llegar al fondo de las cosas. Los papeles
sucios, mal impresos, fotocopiados ciertos textos, de otros, para construir junto
con ese capital una serie de citas que conformen el lugar de autoridad. Y la
ecuación es plena, aunque indirectamente proporcional: el cuerpo del texto
crece, se hace más denso, mejor tejido, los papeles se acumulan con una
irrefutable lógica aditiva, se desparraman por los espacios de la habitación
alrededor de la computadora vieja, del televisor con dos canales, se pierden
partes importantes, de fotocopias corridas, al tiempo que el cuerpo (ya no del
texto sino de uno mismo) se mancha naturalmente a raíz de reacciones
químicas, se dibujan figuras rosas en el cuello, manchas violeta abajo de los
ojos, el pelo crece desparejo, brilla por la acumulación de polvo, la tierra se
junta abajo de las uñas, las manos se manchan con tinta, con tóner de
fotocopiadora, con óxido de cerraduras trabadas.
//
No nací en una villa miseria. Yo no soy una villa miseria. Hay una diferencia
crucial entre calles “fogosas y polvorientas”, casillas de chapa, paredes de
adobe en el mejor de los casos, una diferencia de infraestructura entre
construcciones informales no planificadas abajo de un sol terrible de mediodía
y el barrio donde vivo. Más allá de eso una serie de relaciones personales,
complejas, caracterizadas por algunos denominadores comunes entre los
cuales entran la suciedad y la pobreza, hicieron que durante un tiempo
prolongado tuviese que frecuentar el interior de una de esas casillas de chapa:
una cocinita con un living, un baño, una pieza vacía y otra con una cama de
hierro con medicamentos a los costados. Mi no pertenencia a ese mundo (lo
mismo que al interior de aquellas construcciones aristocráticas donde de vez
en cuando puedo comer algo y tomar una copa de vino) paradójicamente, mi
no pertenencia a esos pasillos internos intercomunicados siempre me hizo
sentir todavía más pobre. Sobre todo porque las relaciones que me llevaron
hasta ahí fueron políticas, incluso ocasionales, por lo que me privaron de
cualquier tipo de sentimiento de empatía. No obstante esta politicidad, lo cierto
es que durante un tiempo visité no sólo el interior de una de esas casas sino su
más profunda intimidad. En aquel tiempo, sobre todo, estas visitas fueron una
posibilidad de acercarme a antidepresivos, ansiolíticos y particularmente
Tramal, que había en blisters y goteros desparramados a los costados de la
cama.

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