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entendimiento que se revela como medular en el funcionamiento del sistema.
Este entendimiento, no obstante, es mucho menos objetivo que un reloj
pulsera. Hay gente que vive en un barrio residencial (no un barrio cerrado) al
lado de un club de golf, en casas con bancos ubicados estratégicamente para
poder sentarse por las tardes y ver la caída del sol sobre el césped rasante,
entre la frondosa vegetación del campo y las trampas de arena. Esta gente,
consciente de sus logros objetivos, puede pensar ese amplio campo verde
semipúblico como una continuación bastante lograda de la propia vegetación
de su barrio semiprivado. Algunas casas incluso tienen su pertinente bow
window, para que en las tardes frías de invierno sus habitantes, además de
estar viendo algún programa de televisión, tengan la posibilidad de sentirse en
el centro de una artificiosa inmensidad natural. Ese bow window es un logro
objetivo, en primer lugar, del propietario de la casa, y sólo en segundo lugar de
la persona a quien se le haya ocurrido alguna vez que era posible que el afuera
sin límites de nadie podía entrar en el estrecho perímetro de unas cuatro
paredes.
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Mirándome al espejo en mi departamento del fonavi acabo de descubrir un tic
nervioso que seguramente tengo hace días y que no había notado. Un triple
movimiento compulsivo de la cabeza, la mandíbula y los ojos. Trato de
encontrar una explicación a un posible estado de nerviosismo no ordinario y
más allá de lo que puede generar la situación de escritura en la que estoy
pienso sobre todo en los murciélagos. Desde hace unos días que van de un
lado para el otro a través del perímetro del techo buscando una salida que no
hay. Golpetean contra la chapa y chillan. Este proceso, que se repite casi
constantemente, hace que me sea difícil conciliar el sueño. A veces tengo que
ir a adonde está el televisor para aunque sea no escucharlos durante un rato.
El tipo que vino me dijo que para sacarlos tenía que levantar todo el techo y
que era casi imposible. Por eso decidió cerrar el perímetro por donde entraban
y salían, para que sencillamente se quedasen atrapados. Olor, me dijo, no va a
haber porque los murciélagos no se pudren, se secan, y el “proceso”
(textualmente usó esta palabra) no dura más que un par de días. Pero mientras
tanto me cuesta dormir a la noche y las imágenes que me vienen a la cabeza
son mortuorias. Demasiado vívida, por ejemplo, se me figuró aquella de hace
unos años cuando fui a cuidar a la Lechuza como un día cualquiera y volví
pensando que no estaba cuidando a una Lechuza, o por lo menos no
solamente a una Lechuza, sino también a una Araña. La Araña, así la terminé
nombrando para mis adentros. A ella nunca la llamé así, en voz alta quiero
decir, nunca me dirigí a ella nombrándola de esa forma, contradiciendo, me
parece ahora, una máxima defensiva que generé ese día ante la imagen que
me hacía llamar Araña a la Lechuza. Una sentencia con fuerza de manifiesto,
una fuerza vital, que me decía nada menos que me negaba a vivir bajo el orden
impuesto por la superstición. Ese día, por acumulación de horas de
aburrimiento, salí al patio y estuve jugando con los perros y los gatos,
numerosos que estaban siempre adentro y afuera de la casilla, entre los tachos
vacíos dados vuelta y las cubiertas con agua acumulada, entre la ropa
desparramada por el suelo. Y sin darme cuenta de lo que estaba haciendo volví
a entrar a la casilla y en una de las piezas, también repleta de ropa

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