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podía proveer de mucho más que de informaciones contingentes en relación al
tránsito en una rotonda de entrada o al nivel de barro en alguna calle un día de
lluvia), más allá de esos encuentros ocasionales la villa solía ponerme enfrente
espectáculos a los cuales no estaba acostumbrado y que los entendía como
propios de ese lugar y de ningún otro. Una manifestación de vecinos, por
ejemplo, con carteles improvisados y grandes gritos, que pasaban por dos
calles paralelas a la de la Lechuza y que pedían justicia por un chico que había
sido prendido fuego por otro grupo de chicos, en el patio de su casa mientras
dormía en el interior de un auto sin motor. La gente pedía justicia en las calles
del barrio mientras dos cámaras de televisión los iba siguiendo a todos, y a mí
me pareció un espectáculo gratuito, al fin de cuentas como había sido la
muerte de ese chico que aparecía impreso en blanco y negro en los papeles de
los carteles. Me acuerdo que en aquel entonces me costó entender la
dimensión de las cosas, la legitimidad del reclamo, y de haber visto a aquel
grupo de personas (incluyendo los camarógrafos y cronistas), caminando abajo
de un sol fuerte de mediodía, como una gran puesta en escena destinada a
romper con la calma pacífica de esas calles a la siesta. Y cuando finalmente
entré de nuevo a la casilla de la Lechuza y ella me preguntó qué era todo ese
ruido le dije que era un grupo de gente, fomentistas, que estaban pidiendo “por
las cosas del barrio”. Esa fue mi respuesta y fue la construcción discursiva más
compleja a la que pude recurrir, que me parecía reflejaba de manera más clara
y contundente la situación que se estaba viviendo. La gente había salido de sus
casas para pedir por las cosas del barrio.
En cambio, otro mediodía nublado tuve que presenciar una imagen soberbia, y
esa sí en mi estructura mental significó la generación de un sentimiento de
empatía muy fuerte, a tal punto que durante el día, cuando ya había pasado
todo, por momentos en la casa de la Lechuza me venía un llanto incontenible.
Tenía que levantarme de la mesa y salir al patio para disimular cada vez que se
me venía la imagen a la cabeza. Un operario, después de que intentara
arreglar un colectivo que había quedado atascado en una zanja (producida en
una calle de tierra por el agua que corre en los días de lluvia), había tenido que
ser llevado en una ambulancia acostado en una camilla por un fuerte golpe en
el pecho a raíz del desprendimiento del terreno. Yo solamente había visto irse a
la ambulancia, mientras el colectivo todavía estaba trabado en la calle hundida,
y después de unos minutos al dueño de la compañía de colectivos separado de
la multitud, llorando solo contra un poste, envuelto en una nube de tierra,
desconsoladamente. Y esa fue la imagen que me produjo una impresión tan
profunda, aquel dueño que lloraba por la salud de su empleado, la forma infantil
de llorar de aquel hombre envuelto en una nube. El operario finalmente perdió
la vida en el hospital, pero eso no me impresionó tanto como la imagen del
dueño de la compañía. Durante días mientras cuidaba a la Lechuza me sentí
devastado. Había algo de una sensibilidad fraternal en la forma en que lloraba
este hombre, pero sobre todo una terrible conciencia de lo irremediable: se
reflejaba un sentimiento trágico que después me pareció ver impregnado en
cada cosa de la villa, en cada auto desvencijado, en cada calle polvorienta, en
cada construcción no planificada emergiendo de los terrenos baldíos,
precisamente con la fuerza de la fatalidad.

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