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nuevo: los patrones estéticos de la obra plástica empiezan a desplazar a toda
otra relación de sentido.
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En los días festivos, sobre fin de año, a riesgo de exponerme más de la cuenta
solía merodear la vereda: el movimiento del barrio en algún punto me atraía.
Los petardos sonando abajo del sol en contraste con la habitación oscura de la
Lechuza y el ruido de tanta gente afuera trasladándose de un lugar a otro, de
un almacén a otro con botellas de cerveza, era para mi acotada concepción de
las cosas una verdadera fiesta. Me había erigido en una especie de informante
de la Lechuza, que prefería la sombra pero seguía interesada en los
movimientos del barrio, por lo que cada una hora salía a buscar la novedad y
me sentaba sobre un bloque de cemento a ver pasar la gente. Ya conocía cada
detalle del recorte de la cuadra: las construcciones en altura sin revocar que se
abren a pasillos internos, la pared de enfrente con la publicidad artesanal de
una gaseosa, las mediasombras colgando en el interior de los pasillos, los
cables que cruzan la calle y que forman un entrelazado caótico, un Ford
Taunus amarillo estacionado encima de la vereda. Llegué a conocer el
escenario casi de memoria y era a partir de un intento de mimetización con el
ambiente que trataba de ver el elemento nuevo, lo que se destacaba o podría
interesarle a la Lechuza.
Dos días antes de navidad salí de la casa de la Lechuza con la intención de
siempre y me ubiqué en el bloque de cemento a ver pasar la gente. A veinte
metros, en la vereda, había un grupo familiar: un viejo y un gordo tomando
sidra con unos pibes alrededor de una camioneta blanca. En un momento
pensé que su cercanía, y sobre todo el ambiente festivo que los envolvía, los
gritos a veces demasiado fuertes, podrían llegar a presentarme algún
problema. Casi al instante el gordo me gritó que me acercara y entonces
entendí que había pasado el límite de lo que en un principio, cuando llegué a la
villa por primera vez, era un grado aceptable de exposición. No pude más que
acercarme al gordo, entre las miradas de los pibes sentados en la camioneta
con las puertas abiertas, y vi que quería ofrecerme un trago de sidra e
integrarme aunque fuese momentáneamente a su grupo familiar. Agarré la
sidra y tomé del pico mientras el viejo salía del interior de la casa con una
banqueta en la mano para que me sentara y pasara a formar parte del cuadro
que hacía unos segundos podía ver como a través de una pantalla.
Afortunadamente nadie me preguntó qué hacía ni me preguntó, sobre todo, qué
vínculo me unía a la Lechuza. Solamente siguieron como cuando no estaba,
agregándome a la ronda de la sidra fría y haciéndome algún comentario
aislado. El viejo y el gordo, a diferencia de los pibes, parecían estar borrachos.
Dos pibes se quedaron y otros dos fueron en la camioneta a hacer una “onda”,
literalmente, mientras los demás seguimos abajo del sol de la siesta casi
navideña festejando la inminencia de otro fin de año. Unos chicos más chicos a
veces salían de la casa y tiraban algún petardo. En una ocasión me tiraron uno
entre los pies y cuando explotó el gordo se rió exageradamente. Otro de los
chicos más chicos en un momento se acercó al viejo y le preguntó “¿adónde
fue el Tico?” y el viejo le contestó “me fue a comprar una remera”. Yo trataba
de no exponerme más de la cuenta, por lo que me limitaba a agarrar la sidra y
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