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después de tomar unos tragos a hacerla circular. Las interacciones me
parecían festivas y llegué a pensar que si aceptaban mi condición pasiva (como
un rasgo de mi propia naturaleza) hasta podía insertarme bien en ese contexto
nuevo. Un borracho crónico, desalineado, con la cara colorada por el vino y el
sol, apareció de una casilla a mitad de cuadra y cuando estaba cerca de
nuestro grupo el gordo le dijo “vení, tomate un trago”, con la evidente intención
de seguir engrosando los límites de lo que era, a esta altura, nuestra propia
familia. El borracho pasó al lado nuestro y le dijo “no, no, ahora vuelvo,
aguantame”. Siguió hasta la esquina opuesta a la que venía y se encontró con
dos mujeres, hablaron algo y volvió sobre sus pasos adonde estábamos
nosotros otra vez y cuando llegó se saludó, ahora sí, formalmente con el gordo:
“¿qué hacés Marito? ¿Todo bien?”, le preguntó el gordo y el borracho le
contestó “todo rebien”. Se quedó un rato parado al sol tomando la sidra que le
llegaba a las manos y sin decir más nada siguió caminando por donde había
aparecido la primera vez. “Suelda abajo del agua”, me dijo el viejo cuando se
fue. “¿Quién?”, le pregunté yo. “Este que pasó”, me respondió él, “gana guita”.
“¿Y qué hace con la plata?”, le pregunté mientras veía cómo se iba
tambaleando. “Se la toma”, me dijo el viejo, entonando las palabras de manera
voluntaria como quien dice algo que no tendría que decir de tan evidente.
Cuando unos minutos después dije “San Martín” para responder a la
interpelación “vos que fuiste a la escuela, ¿quién es el padre de la patria?” y el
viejo me rectificó con “el padre de la patria fue Perón”, haciendo que el gordo
estallara en una nueva carcajada, ya no me sentía para nada cómodo y si
hubiese querido no podría haber disimulado mi impericia para absolutamente
todo: adquirir un disfraz, saber mentir o sencillamente ver qué cosa teníamos
en común. Me hundí en la silla mientras uno de los chicos le volvió a preguntar
al viejo “¿adónde fue el Tico?” y el viejo le respondió “me fue a comprar una
remera” en el mismo momento en que el Tico volvía en su camioneta blanca,
sin ninguna remera, y estacionaba al lado nuestro abriendo las puertas para
que pudiéramos escuchar las canciones del polaco. A partir de ahí me quedé
callado pensando en cómo iba a salir de esa silla de una manera decente y me
acordé de la Lechuza, sola en una habitación esperándome desde ya hacía
rato. Y cada vez más hundido vi cómo doblaba un colectivo rojo levantando
tierra, zumbando, y en uno de sus vidrios se reflejó el sol dejándome ciego por
un instante, totalmente indefenso, sin un arma ni la estatura moral para
empezar a los tiros porque sí, como si fuese Mersault en ese rapto pasajero de
ceguera blanca producida por el sol.
***
Junio, 2010
Siempre supe que aquel texto que intentaba llegar al fondo de las cosas se iba
a caer, más tarde o más temprano, por la fuerza de su propio peso. De esa
intención quedó un ícono en el escritorio de mi computadora que representa un
número cerrado de páginas que cifran mi predisposición al fracaso. Y al mismo
tiempo la posibilidad encubierta de ser otra cosa. Puedo ponerme al servicio de
la técnica, vender mi fuerza de trabajo, reconfigurarme al status de mercancía.
Ayer, por ejemplo, pude haber estado en una mesa de saldos, sucio y con la
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