Wilhelm Reich Carlos Frigola & Gerard Ponthieu (1979).pdf


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sin embargo, es recibido con bastante hostilidad. El doctor Leunbach lo tachó de fantástico y
los profesores de medicina de la universidad de Oslo, Langfeldt, Mohr y Hansen describieron la
aventura como increíble e imposible. A todo esto se añadió la campaña difamatoria de algunos
psicoanalistas, entre ellos Nissen y Scharffenberg.
A principios de 1939, debido a un accidente fortuito de uno de los ayudantes de laboratorio
al manipular cultivos de «biones» de arena del océano, aparecen al microscopio unas vesículas
con similares efectos a los biones PA, pero con mucha más movilidad y luminosidad. Reich las
denomina «biones SAPA» (del inglés sand, arena y packet, agregado). Al observarlos
diariamente a través del microscopio llegan a desarrollar al cabo de pocos días una conjuntivitis, lo que le hace pensar que podría tratarse de una posible radiación, que comprueba
posteriormente con el electroscopio. Sin embargo, es en este tiempo cuando Reich empieza a
hacer planes para emigrar a Norteamérica, por lo que interrumpe momentáneamente las
investigaciones. Su ayudante de laboratorio, Gertrud Gaasland se marcha a Nueva York con
algunos aparatos del equipo de laboratorio y varios cultivos de «biones SAPA». En un informe,
fechado en julio de aquel mismo año, Reich llega a la conclusión de que «la interpretación de
este fenómeno, sugiere la idea de una definitiva forma de reacción bio-energética», y la
presentación de estos experimentos deberá hacerse en «otra conexión». Un mes después, el
19 de agosto, abandona Noruega. Es la sexta vez en su vida que cambia de país.

5. La biopatía, enfermedad de la vida
Reich llega a formular el concepto de «animal humano» después de una investigación
continuada de casi una treintena de años. Lo «humano» en el hombre es lo que él ve
manifestarse en sí mismo, en su propio devenir histórico como organismo pensante y social. El
hombre que piensa es el que se sitúa en relación con el mundo a través de un proceso de
conciencia crítica. Pero con el descubrimiento del inconsciente, Freud demostró en seguida que
la cara visible -y legible- del hombre era en suma comparable a la parte emergida del iceberg:
es en la profundidad de las corrientes inconscientes que el hombre hunde sus raíces y es allí
donde esconde sus más secretas motivaciones. Aquí se acaba la comparación con el iceberg en
la medida que todo viviente humano es, felizmente, mucho menos inerte -¡y mucho menos frío
también!-. Es decir, en la medida en que establece con los «icebergs» de su alrededor -en una
especie de deseo de fusión, generador de calor humano- una red de comunicación social cuya
complejidad lo proyecta más allá de cualquier modelo, incluso perfeccionado, de organización
social animal.
Pero, ¿de dónde viene que esta complejidad del tejido social humano haya finalmente
tomado una dimensión tan trágica? Situando la tragedia humana en el proceso de represión de
las pulsiones vitales -por tanto sexuales- a lo más profundo del inconsciente, no hacemos más
que describir un proceso sin explicar las causas. Estamos haciendo lo mismo cuando
designamos al capitalismo como responsable de la degeneración social.
Hemos visto cómo Reich llegó a «biologizar» su aproximación al hombre y a definirlo como
«animal humano», es decir como organismo vivo dotado de la capacidad creadora (trabajo)
consciente (conocimiento) y del deseo de armonía social (amor), liberando la dimensión
dialéctica de la pareja «inconsciente/social».
«El amor, el trabajo y el conocimiento, repite una y otra vez Reich, son las fuentes de la
vida y por lo tanto deben gobernarla». O no es nada. Dondequiera que miremos, el
espectáculo que vemos es el de hombres desgarrándose entre ellos. Lo esencial de su
actividad, el hombre lo consagra a la guerra y, en general, a la destrucción del ecosistema. El
«conocimiento», lo reduce a la finalidad de la tecnología inmediata, separada del «elan vital» e
incluso negándolo en nombre de un mecanicismo reductor. El «trabajo» es la imagen de esta
reducción: sin ningún lazo con esta erótica de la creación expresada por los niños en sus
juegos lúdicos. En cuanto al «amor», no es más que la expresión pasajera de pulsiones
desviadas por la perversión, la mercancía inerte de las cuales es la pornografía, un espectáculo
en el que por definición el hombre se encuentra desencajado.

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