Wilhelm Reich Carlos Frigola & Gerard Ponthieu (1979).pdf

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mismo tiempo un sentimiento de deseo infantil de protección. A su vez, el Führer, yendo al
encuentro de este deseo de las masas entra, si se puede decir, en «armonía» con la estruc tura
media de ésta; así el cuadro familiar se convierte en nacional y la masa se identifica con la
pareja Führer-Patria por una formidable fuerza a la vez narcisista y masoquista.
En esta «lógica» es importante que la madre sea la patria del niño y a su vez la paria
alemana sea la madre de todos los alemanes. Así Goebbels, instituyendo la Fiesta de las
Madres reforzó la estructura de la familia patriarcal, haciendo de la mujer alemana el emblema
de la pureza y del sacrificio que permitían perpetuar «la raza humana».
Asimismo, Reich muestra por otra parte hasta qué punto el simbolismo sexual de la cruz
gamada contribuyó a «sublimar» las pulsiones vitales en «el honor y la fidelidad».
La sustitución mística
En su análisis del fascismo alemán, Reich se entretiene largamente sobre las
manifestaciones del misticismo, al cual religa por otra parte al racismo. Éste permite, en
efecto, llevar el proceso de identificación del Führer hasta una verdadera comunión
nacionalista: decretando que el «ario puro» tiene por misión dominar las «razas inferiores» a
fin de preservar la civilización -es decir- la pureza de la raza aria. Para exaltar esta mística,
Hitler «inocula» una verdadera psicosis colectiva del «envenenamiento de la raza» por la
prostitución, por la «mezcla con sangre judía» y por el «materialismo judío de Marx». La
pureza se convierte así en el tema obsesivo de una cruzada mística que justifica todas las
atrocidades.
Cuando Reich se dedica a estudiar las formas del misticismo que impregna el fascismo
alemán, lo hace con la preocupación constante de radicalizar, es decir de ir a la raíz de las
cosas, allí donde las ideologías vulgares -empezando por los «marxistas»- se contentaban con
hablar de «maniobras de diversión» o bien de proferir anatemas, cuando no «utilizan las
mismas trompetas de la Iglesia para condenar y contrarrestar la sexualidad juvenil». «Si el
fascismo, escribe, se apoya con tanto éxito sobre el pensamiento y la sensibilidad mística de
las masas, la lucha contra el misticismo no puede ser ganada más que si se combate con
métodos pedagógicos y terapéuticos la contaminación mística de las masas». Reich muestra en
primer lugar cómo el nazismo utiliza el cristianismo transfiriendo en su provecho, y de una
forma exagerada, los principios místicos de la Iglesia fundados sobre la inhibición sexual. Pues
las experiencias místicas son, prosigue, «procesos de excitación del aparato sexual que
suscitan estados de tipo narcótico y hacen nacer un vivo deseo de satisfacción orgástica».
Todo esto metido en una manga estrecha da lugar a una nostalgia de la cual se alimentan,
hasta el éxtasis religioso, oraciones y ensueños. «La potencia y la perseverancia de los
religiosos no se explica, concluye Reich, más que por esta contradicción interna de la emoción
religiosa que es a la vez anti-sexual y formación sustitutiva». Es también por esto que la
Iglesia refuerza considerablemente la estructura de la familia autoritaria patriarcal, de la que
ella deriva por otra parte: con ella la identificación con el padre se convierte en la identificación
con Dios (Dios-Padre) y las pulsiones libidinales se transforman en angustia sexual y en
sentimiento de culpa (institucionalizado de alguna manera por la obligación de la confesión).
De esto se deriva toda la lógica represiva, el matrimonio monogámico de por vida con la
obligación de procrear, de aquí la condena del adulterio y del aborto: todos los tributos a pagar
por el sacrificio y la renuncia, para ganar la dicha en el «otro mundo». Otro mundo que, en
este caso, y aunque más terrestre pero no menos mistificado, pudo ser el de la mortífera
aventura nazi.
Con el fascismo, las contradicciones culminan entre el deseo sexual y la inhibición moral; de
aquí toda la llamarada de neurosis y de comportamientos sexuales asociados y
deliberadamente sádicos que encuentran salida en la guerra y en el holocausto: «Nórdico
-escribe Reich- se convierte en sinónimo de luminoso, celeste, asexual, puro; el Próximo
Oriente, a la inversa, es instintual, demoníaco, sexual, extático, orgástico». Esta dicotomía
peligrosamente simplista no está exenta sin embargo de ambigüedad, ya que el moralismo
sexual se encuentra ligado a una exaltación viril basándose en una homosexualidad masculina,
por una parte, y por otra en una profunda nostalgia inconsciente del deseo orgástico.
Ambigüedad que ilustra bien a las claras el slogan nazi: «La pulsación de la sangre alemana y
su pureza».
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