Revista Ambiente Siglo XXI. N° 13.Mayo 2008.pdf


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Volumen 1,



13.

Ambiente

Siglo

XXI

Página 5

La monotonía verde: los desiertos sembrados

Por Pedro Ramírez (*)

El monocultivo de la soja RR hoy alcanza en la Argentina cerca de 12.300.000 hectáreas. Este proceso
es creciente y ya ha dado ampliamente pruebas de su impacto social, sanitario y ambiental. La expansión de los monocultivos, el incremento del uso de agrotóxicos, el surgimiento de nuevas malezas resistentes, la destrucción de áreas naturales por el avance de la frontera agrícola, la pérdida y desplazamiento de los cultivos locales y las semillas campesinas, el desplazamiento de campesinos de las zonas
rurales, el avance de los transgénicos y el incremento del control de la agricultura por las grandes corporaciones agroalimentarias son sólo los títulos de un drama que día a día va profundizando la crisis
socioambiental en aquellos territorios que han sufrido la invasión de las agroindustrias.
El fenómeno de “sojización” que venimos experimentando gradualmente en la última década no hace más
que aumentar las asimetrías sociales y productivas
en nuestro país e impactar en forma negativa nuestro
medio ambiente. Actualmente el monocultivo de sojaRR representa cerca de la mitad (54%) de la producción agrícola argentina (43 millones de toneladas
anuales aproximadamente). Pero los grandes productores y el Gobierno Nacional pretenden llevar la producción de granos a 100 millones de toneladas en los
próximos años. Para lograr este aumento en los rendimientos de soja, existen tres vías posibles. O se
destinan tierras agrícolas o ganaderas a este fin, o se
extiende la frontera agrícola hacia regiones silvestres,
o se efectúan ambas cosas.
Una de las principales características de nuestro país
era la gran diversidad de cultivos combinado con
grandes extensiones de tierra para la cría de ganado
(producción de carne y leche). Con la desaparición de
pequeños y medianos productores, han ido desapareciendo importantes superficies destinadas a diversos
cultivos que otrora caracterizaran la alimentación de
los argentinos. Se redujo más del 44% la superficie
cultivada de arroz; 26,2% la de maíz; 34.2% la de
girasol; 3% la de trigo y 10 veces la superficie de algodón. Zonas como San Pedro en la provincia de
Buenos Aires perdieron el 50% de los montes frutales
y plantaciones de vivero para ser reemplazadas por
cultivos de soja. La ganadería también se vio severamente afectada, observándose la transferencia de
más de 1.300.000 ha destinadas a esta actividad al
cultivo de la soja. Por otro lado, con la introducción
de la sojaRR, sólo entre 1998 y 2002 el área forestal
se redujo en más de 900.000 hectáreas.
Impacto social
El ingreso de este cultivo representó una fuerte pérdida de nuestra diversidad productiva que repercutió
en el aumento del Costo de Vida sobre todo por el
aumento en el precio de la canasta básica. Las estadísticas de INDEC (Instituto Nacional de Estadística y Censos) indican que los productos que más aumentaron de precio en los últimos años fueron las
lentejas secas (272,7 %); el Aceite de Maíz (218,9%);
la Harina de trigo común (162 %); las Arvejas en conserva (157,5 %); la Batata (152,2%); la Papa (138 %);
el Arroz blanco simple (130.1 %). Un país tradicionalmente exportador de alimentos, especialmente carne

bovina y trigo, ha llegado a suspender la exportación de
carne y trigo hace menos de un año, todo ello debido a la
falta de producción nacional suficiente.
Otra consecuencia directa fue concentración de la tierra
en manos de grandes extensionistas y pooles de siembra
y la precarización del trabajador rural. Se calcula que la
producción de sojaRR da trabajo a sólo una persona
cada 500 hectáreas, lo que implica la pérdida de cuatro
de cada cinco puestos de trabajo en la agricultura. De la
mano de este fenómeno, desaparecieron cerca de
180.000 productores agropecuarios y hoy sólo el 10% de
la población nacional pertenece de alguna manera al
sector agropecuario, y en esa misma proporción aumentaron los cordones de miseria en grandes ciudades. Como ejemplo citamos lo observado en la Ciudad Autónoma
de Buenos Aires, donde se generaron 24 nuevos asentamientos (villas miseria) en las cuales 8 de cada 10 habitantes son desplazados rurales (Instituto de la Pequeña
Agricultura Familiar 2006 INTA). En respuesta a esta
marginalización, el gobierno nacional ampara estos trabajadores precarizados con planes asistenciales, a quienes luego pretende alimentarlos con los productos derivados de la sojaRR o directamente con los granos. Un
ejemplo claro de eso fue el plan de promoción lanzado en
la crisis económica del 2002 conocido como “Soja Solidaria”, promovido por las grandes corporaciones impulsoras de los transgénicos.
Nuestro problema no es la soja. Este no es un cultivo
demonizado, perverso. Nuestro problema son las
políticas sórdidas, y engañosas que, en contubernios
ocultos con grandes corporaciones nacionales y
transnacionales, aplican políticas, reglamentaciones e impuestos que benefician a unos pocos. Esto es
claramente visible cuando analizamos la situación
del campo, y la gran cantidad de inversores en los
pooles de siembra y en el agronegocio. Estas mismas
políticas no contemplan ni en lo más mínimo el bienestar de la población, su salud, el derecho a un ambiente sano y la soberanía alimentaria, llevando a
la gente del campo por el camino de la desesperación buscando salidas a sus necesidades básicas de
subsistencia. Salidas, que ya están de antemano
trazadas por manos ocultas, que solo saben recoger
los lucros de la intermediación, aunque sea a costa
de la destrucción del tejido social, de la estabilidad
y
producción
sustentable
de
los
pueblos.
(*) Columnista invitado

“Pedro Ignacio
Gorriz”
Agente Oficial
Belgrano 91
7130 Chascomús