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"DECIDIMOS: Que la acusación de falta de delicadeza y de decoro con que tanta
frecuencia se inculpa a la mujer cuando dirige la palabra en público, proviene, y con
muy mala intención, de los que con su asistencia fomentan su aparición en los
escenarios, en los conciertos y en los circos."
A lo largo del siglo XIX para la moral burguesa, las mujeres que tomaban la palabra en
público solían ser las cortesanas, las viudas de vida alegra, las maduras ricas que
flirteaban con los jovencitos, pero según avanza el siglo la inconstancia femenina también
quedó probada por los experimentos pseudocientíficos. De alguna manera la ciencia
mostró que la aparición pública de las mujeres en los escenarios y sus alocuciones
procedían de la inspiración histérica, muy contrarios a los discursos varoniles anclados en
la racionalidad. Durante el siglo XIX tres corrientes pretendidamente científicas avalarían
esta hipótesis, el mesmerismo o creencia en que puede manipularse un fluido que
impregna el universo y curar así ciertas enfermedades, la frenología o creencia en que las
protuberancias del cráneo corresponden a partes muy desarrolladas del cerebro, que
expresan a su vez el desarrollo de sendas facultades mentales, y el espiritismo o creencia
en que hay otro plano de existencia aparte de los fenómenos materiales que puede
conocerse mediante determinadas experiencias y prácticas ocultistas. Estas tres
creencias están relacionadas históricamente. En combinaciones diversas, aparecen en la
psicología popular del siglo XIX en toda clase de técnicas para ayudarse a sí mismo y
tienen como protagonistas especiales a las mujeres. Se suponía que dada la naturaleza
de las mujeres era más fácil que éstas entraran en trance que los varones y que fueran
más dóciles a la imposición de manos propia del mesmerismo. Así lo recoge Henry James
en su novela Las Bostonianas: El padre de la Joven protagonista es quien pose los
conocimientos y es a él a quien compete traspasarselos a su hija mediante la imposición
de manos. Por boca de la joven hablará la inspiración y por lo tanto el ridículo cuando de
lo que se quiere hablar es de cosas serias como la vindicación de derechos de las
mujeres. Fueron comunes en el siglo XIX estas reuniones que tenían por protagonistas a
las mujeres. De la misma manera el ocultismo jugaba con la idea de la mayor credulidad
de la conciencia femenina lo que convertía a las mujeres en seres más propicios para el
reconocimiento de una presencia espiritual. La frenología se convirtió en Estados Unidos
en una de esas disciplinas que con bases científicas se tradujo en una incesante actividad
circense, donde públicamente se hacia referencia a las cualidades de los que se dejaban
someter al examen. Conseguir que el objeto de experimentación frenológica fuera una
mujer en vez de un varón era la mejor garantía para asegurar el regocijo del público, pues
siempre generaba más morbo las posibles cualidades ocultas de una mujer que las de un
varón.
"DECIDIMOS: Que la mujer se ha mantenido satisfecha durante demasiado tiempo
dentro de unos límites determinados que unas costumbres corrompidas y una
tergiversada interpretación de las Sagradas Escrituras han señalado para ella, y que
ya es hora de que se mueva en el medio más amplio que el Creador le ha asignado."
Este punto de la declaración culminaría en 1895 con la publicación por parte de Elizabeth
Cady Stanton de La Biblia de la mujer en la cual participaron con comentarios e
interpretaciones muchas de las mujeres firmantes de la declaración de 1848. Las autoras
de La Biblia de la mujer dan por buena la figura moral de Jesús como hombre, en la
misma clave de interpretación que la expuesta por Renan o Tolstoi. Jesús se convierte en
inspiración, esperanza y salvación y la senda que él ha abierto bien puede ser seguida
por otros. Sin embargo, el don moral no es ajeno a la situación social y así todas las

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