seneca falls.pdf


Vista previa del archivo PDF seneca-falls.pdf


Página 1...8 9 10111216

Vista previa de texto


generalmente admitido que en la mujer las facultades de intuición, de rápida percepción y
quizá también de imitación, son mucho más vivas que en el hombre; mas algunas de
estas facultades, al menos, son propias y características de las razas inferiores, y por
tanto corresponden a un estado de cultura pasado.
La principal distinción en las facultades intelectuales de los dos sexos se manifiesta en
que el hombre llega en todo lo que acomete a punto más alto que la mujer, así se trate de
cosas en que se requiera pensamiento profundo, o razón, imaginación o simplemente el
uso de los sentidos y de las manos".
Darwin desplegó sus recursos evolucionistas para amañar la imagen de una mujer a la
vez inferior y moralmente mejor, siguiendo las líneas trazadas por Rousseau, pero en toda
su argumentación se evidencia la autosatisfacción del burgués que pide disculpas por el
comportamiento del varón, por su egoísmo y desmedida ambición, pero que resultan ser
los valores necesarios para la evolución de la especie, para el progreso de la civilización.
Gracias a la rivalidad entre los hombres, donde se aseguraba el éxito de los más aptos y
capaces, el europeo blanco, en una época de imperialismo, "pudo sentirse superior a las
razas retrasadas; el hombre de negocios de la clase media pudo sentirse más capaz que
los obreros a quiénes explotaba". Y así fue tomando cuerpo el concepto de individuo en
relación con el poder. El individuo que emerge de la lucha por la supervivencia es aquel
que tiene poder y gracias a su poder domina. Es lógico pensar que esta teoría fue muy del
gusto de las clases privilegiadas, pero también de las menos privilegiadas. Los varones
privilegiados dominarán la esfera pública, dominarán la política y dominarán a sus
mujeres que serán las más hermosas y sanas. Los varones menos privilegiados por lo
menos dominaran a sus mujeres y tendrán a su vez su pequeña cota de poder. La otra
mitad de la humanidad, las mujeres, no son individuos pues no tienen poder. El
naturalismo biológico es el gran argumento para legitimar cualquier desigualdad. Como
Mill puso de manifiesto se sustituyó la deificación de la razón por la del instinto. La
formulación era muy sencilla: Instinto igual a fuerza, fuerza igual a poder. Y es contra esta
imagen de fuerza y de egoísmo varonil contra la que las feministas américanas acuerdan
el siguiente punto.

"DECIDIMOS: Que la misma proporción de virtud, delicadeza y refinamiento en el
comportamiento que se exige a la mujer en la sociedad, sea exigida al hombre, y las
mismas infracciones sean juzgadas con igual severidad, tanto en el hombre como
en la mujer."
Los "buenos sentimientos" del varón burgués honesto quedan reflejados del modo
siguiente "no mostrarse brusco, ni envidioso, ni colérico, ni susceptible (...) defectos
incompatibles con su bondad natural", de esta manera refleja la literatura lo que era
imagen humana y así lo hace Tolstoi en su novela Ana Karenina. Ahora bien, estos
buenos sentimientos, para que sean operativos dentro de la dinámica social, han de pasar
inevitablemente por las instituciones y las costumbres. El camino obligado por lo que
podemos llamar las fuentes de la legitimidad dotará a aquéllos de una concepción
sobrehumana, la buena conciencia. O sea, una suerte de seguridad de que los
sentimientos de los que se hacen portadores los varones son de conveniencia social. El
rasgo del burgués honesto es su duplicidad, una bien tejida máscara social: los varones

10