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veían a las mujeres como competidoras peor remuneradas. Así las feministas américanas
denuncian, la situación de dependencia absoluta de las mujeres, su imposibilidad de
acceso a enseñanzas superiores y la precariedad en el trabajo, pero se dan cuenta que
esta situación responde a un orden moral y de costumbres que necesariamente hay que
invertir.

"DECIDIMOS: Que puesto que el hombre pretende ser superior intelectualmente y
admite que la mujer lo es moralmente, es preeminente deber suyo animarla a que
hable y predique en todas las reuniones religiosas."
Mary Wolstonecraft afirmaba que era una farsa llamar virtuoso a un ser cuyas virtudes no
resultaban del ejercicio de su propia razón. De ahí que dedujera que la supuesta virtud de
las mujeres no era más que un disfraz impuesto por la mentalidad misógina para
mantenerlas subyugadas. De idéntica manera, las firmantes de la declaración de Seneca
Falls van en contra de esta idea de moralidad que, en último extremo, tiene como misión
alejar a las mujeres de los espacios públicos. El autor que describió con mayor lujo de
detalles en qué consiste la moralidad de las mujeres americanas fue Tocqueville. Este
autor veía en la democracia el gobierno del futuro. Consideraba que la influencia de la
democracia haría menos ruda la costumbre, la dulcificaría. Tocqueville dedica dos tomos
a explicar la democracia en América, y es sintomático que las mujeres sólo aparezcan
expresamente anunciadas en un breve capítulo que se titula "influencia de la democracia
sobre las costumbres". Las costumbres las representan las mujeres. Para Tocqueville la
igualdad de condiciones si bien no origina la corrupción de las costumbres la puede dejar
surgir: " No es la igualdad de condiciones la que hace a los hombres inmorales e
irreligiosos. Pero cuando los hombres son inmorales e irreligiosos a la par que iguales, los
efectos de la inmoralidad y de la irreligión salen fácilmente a la luz, porque los hombres
tienen poca acción unos sobre otros y no existe clase alguna que pueda encargarse de
mantener el orden en la sociedad". Por lo tanto si los hombres igualados pueden ser
vencidos por la inmoralidad alguien debe conservar la fuente de la moralidad, esto es, las
mujeres.
En la sociedad libre e igualitaria es la mujer la que sostiene la moralidad. La manera en
que lo argumenta es de sobra conocida: no se puede hacer del hombre y la mujer seres
semejantes. La igualdad consiste no en obligar "a hacer las mismas cosas a seres
diferentes, sino en conseguir que cada uno de ellos desempeñe su tarea lo mejor posible".
La tarea femenina no consiste en conducir los asuntos extramatrimoniales, ni dirigir
negocios, ni entrar en la esfera política. Su tarea es mantener el buen orden de las
costumbres y la moral, velar por la familia, no poner en cuestión que el jefe natural del
matrimonio es el hombre. Según Tocqueville, la independencia en la que han sido
educadas las mujeres americanas las lleva a aceptar el sacrificio sin quejas: " Puede
decirse que es el uso de la independencia lo que le ha dado fuerzas para sufrir sin
resistencias ni quejas el sacrificio cuando llega la hora de imponerselo.
Por otra parte, la americana no cae nunca en los lazos del matrimonio como en una
trampa tendida a su ingenuidad y a su ignorancia. Se le ha hecho saber de antemano lo
que se espera de ella, y se somete al yugo voluntaria y libremente. Soporta
valerosamente su nueva condición, porque es ella misma quien la elige". Su sacrificio
voluntario asegura el orden y el bien para la familia. La única tacha que ve Tocqueville es

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