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que la fuerza de voluntad de las mujeres, el hecho de que ellas representen la
conservación de las costumbres y la moral hace que pierdan su encanto femenino. La
democratización hace que las mujeres sean más frías y honestas, en lugar de esposas
tiernas y amables. Pero este carácter de la "nueva mujer" es la única garantía para que no
reine la inmoralidad. Concluye Tocqueville que la fuerza y prosperidad del pueblo
americano es atribuible a la superioridad de las mujeres.
Y es esta superioridad moral de las mujeres lo que las conduce a su sujeción al varón. A
la lista de firmes exponentes de esta teoría, cuyo máximo paladín fue Rousseau,
debemos unir, para el caso de las europeas, a la Iglesia católica. Para la Iglesia Católica,
la ley natural consiste en la participación de la criatura racional en el orden divino del
universo. Esta ley natural no viene expresada en derechos, como lo entiende la
concepción iusnaturalista ilustrada, sino en deberes. Lo que las mujeres son y cuáles son
sus deberes es fundamental para asegurar este orden divino. En 1854 el Papa Pio IX
declara que la Madre de Dios es la única criatura que ha sido preservada del pecado
original. La Bula, Ineffabilis Deus, proclamaba que era un dogma la Inmaculada
Concepción de la Virgen Maria. La Virgen era, así, el ser creado más perfecto después de
Jesucristo. "Durante su vida estuvo completamente libre de concupiscencia, del "estímulo
del pecado", y por lo tanto descargada de todo deseo pecaminoso. Superó a los ángeles
en pureza, aunque no en inteligencia. Dios la había elegido como su amada hija desde el
principio del tiempo y la había predestinado como madre de su hijo unigénito".
De ahí el modelo a imitar de todas las mujeres es seguir una vida intachable dedicada a la
maternidad. Esta "madre nueva" tiene como misión en la tierra fortalecer en sus hijos y en
los hombres las virtudes sociales e individuales. El mundo es un "valle de lágrimas", en
especial para las mujeres, pero en ese sacrificio, sumisión y abnegación las mujeres
encuentran su santidad. La mujer ha de "ser otro, para otro, a través de otro" así es como
contribuye al orden divino. Las mujeres son sagradas y el sagrado deber de las mujeres
debe acallar sus derechos. Frente a esta visión del mundo Stanton afirmaría "El desarrollo
de uno mismo es un deber más sagrado que el autosacrifico". Por lo tanto uno de los
mitos a los que se han de enfrentrar las feministas del siglo XIX es el mito de la mujer
sagrada y los dos aspectos simbólicos a los que da origen: la mujer ángel, la mujer
demonio. La influencia de las mujeres ha de permanecer en el terreno de lo ignoto.
Según avanzaba el siglo XIX los discursos científicos también avalarían la hipótesis de
una mayor moralidad de las mujeres, pero menor inteligencia. Lo que las condenaba a
espacios distintos al de la creatividad o actividad pública. La teoría de la evolución, por
ejemplo, poco favorecedora a una teoría igualitaria por primar la lucha por la
supervivencia y la selección natural, dio lógicamente, en su interpretación de la selección
con relación al sexo, en una teoría que fundamentaba de manera biológica y científica las
profundas diferencias y desigualdades entre hombres y mujeres. De la teoría de Darwin
aplicada al sexo resultaba un nuevo hombre inteligente y dominante, muy del gusto
burgués, que hacia más respetable el concepto de "individuo" que el de "ciudadano":
"La mujer parece diferir del hombre en su condición mental, principalmente en su mayor
ternura y menor egoísmo... La mujer siguiendo sus instintos maternales, despliega estas
cualidades con sus hijos en un grado eminente; por consiguiente, es verosímil que pueda
extenderlos a sus semejantes. El hombre es el rival de otros hombres: gusta de la
competencia y se inclina a la ambición, la que con sobrada facilidad se convierte en
egoísmo. Estas últimas cualidades parecen constituir la mísera herencia natural. Está
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