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naturales" y, por tanto, eran incapaces de "mostrar una sana discreción" o bien "se
encuentran en tal medida influidas por otros que no pueden tener voluntad propia".
La educación de las mujeres se toma como un barniz que no pase del nivel de instrucción
necesario para el cuidado del hogar y de los hijos. De alguna manera el papel civilizador
de las mujeres, lo que éstas deben aprender queda contenido en los versos de Tennyson:
"El hombre, en el campo de batalla, y la mujer, en el hogar
el hombre, con la espada, y la mujer, con la aguja;
el hombre, con la cabeza, y la mujer, con corazón;
el hombre, a gobernar, y la mujer, a obedecer;
de no ser así, reina la confusión."
Sin embargo, será el propio papel educador y de crianza de los niños el argumento
esgrimido por parte de las feministas para exigir el acceso a grados superiores de la
enseñanza. El feminismo organizado entiende que no sólo se inviste a las mujeres de un
papel civilizador y a ellas se les asigna la educación de los hijos, sino que comprende
también que el acceso a la independencia económica pasa por la adquisición y el
reconocimiento de conocimientos profesionales. En la primera mitad del siglo XIX, se
enfoca la educación en relación con la función social de la mujer, subrayando su utilidad
para el desempeño de la función de ama de casa y madre, siempre y cuando se respete
el ideal de subordinación. En la segunda mitad del siglo, la educación superior de las
jóvenes y el acceso a la universidad, lo mismo que la formación profesional, se convierten
poco a poco en caballo de batalla. Las mujeres no aspiran a que el Estado escuche sus
demandas. Por el contrario, fundan instituciones privadas por iniciativa propia y con
currícula propios. Todo ocurre como si, en el proyecto de la sociedad burguesa, la omisión
de una condición política y económica para la mujer sólo dejara a las feministas un único
dominio en el que pudieran tomarse la revancha: el campo de la educación. De esta
manera explotan el poder que les es conferido por "naturaleza" y convierten la educación
en su primer trabajo profesional.
Según transcurre el siglo XIX, tanto en Inglaterra como en América la manera más
adecuada de abaratar el sistema público de instrucción fue contratando a maestras en vez
de a maestros, se facilitó así a las mujeres una educación más completa con el fin de
confiarles las escuelas.
Matrimonio
La crítica feminista apunta también a la dependencia conyugal. El matrimonio suponía
para la mujer una "muerte civil": la mujer casada no estaba autorizada a controlar sus
ingresos, ni a elegir su domicilio, ni a administrar los bienes que le pertenecian
legalmente, ni a firmar documentos, ni a prestar testimonio. El esposo poseía tanto la
persona como los servicios de la mujer y podía arrendarla al patrono que se le antojase y
embolsarse las ganancias. En su calidad de cabeza de familia, el marido era "dueño"
absoluto de la mujer y de los hijos. El matrimonio suponía una trampa para la mujer. El
dominio absoluto del marido tenía como fuente conservar los roles tradicionales de
dependencia de las mujeres. En los países de tradición judeocristiana, la interpretación
del" Génesis" que concedía la primacía al varón sobre la mujer en cuanto a la creación y
la culpabilidad de la mujer en el pecado original sirvió de abono para resaltar el deber de
obediencia de las mujeres. Napoleón Bonaparte solía expresar que en el momento de

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