01 las enseñanzas de don juan carlos castaneda.pdf


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imposible hallar un motivo para su tremendo despliegue histriónico; sus movimientos eran tan
habilidosos que me confundían. No era como si tratara de moverse como mujer; era como si
una mujer tratara de moverse igual que don Juan. Tuve la impresión de que esa mujer intentaba
en verdad caminar y moverse con la deliberación de don Juan, pero era demasiado pesada y no
tenía la ligereza de don Juan. Quien estuviera frente a mí creaba la impresión de ser una mujer
pesada, de menos edad, tratando de imitar los movimientos lentos de un anciano ágil.
Estos pensamientos me arrojaron a un estado de pánico. Un grillo empezó a clamar
ruidosamente, muy cerca de mí. Noté la riqueza de su tono; imaginé que tenía voz de barítono.
El canto empezó a disolverse. De pronto, todo mi cuerpo se contrajo. Volvía adoptar la forma
de lucha y encaré la dirección de donde había venido el canto del grillo.
El sonido me estaba atrapando; había empezado a atraparme antes de que yo me diera cuenta
de que solamente era como de grillo. El sonido se acercó de nuevo. Se hizo terriblemente fuerte.
Empecé a cantar mis canciones de peyote, más y más alto. De pronto el grillo calló. Inmediatamente- me senté, pero seguí cantando. Un momento después vi la figura de un hombre correr
hacia mí, viniendo de la dirección opuesta al llamado del grillo. Palmotee sobre mi muslo y mi
pantorrilla y pateé vigorosa, frenéticamente. La figura pasó muy aprisa, casi tocándome. Parecía
un perro. Experimenté un miedo tan espantoso que quedé insensible. No recuerdo haber sentido
ni pensado nada más.
El rocío de la ma ñana fue refrescante. Me sentí mejor. El fenómeno, fuera lo que fuese,
parecía haberse retirado. Eran las 5:48 a.m. cuando don Juan abrió calladamente la puerta y
salió. Estiró los brazos, bostezando, y me miró. Dio dos pasos hacia mí, prolongando su
bostezo. Vi sus ojos mirar a través de párpados entornados. Me levanté de un salto; supe
entonces que quienquiera, o lo que fuera, que estuviese frente a mí, no era don Juan.
Recogí del suelo una piedra pequeña, con filos agudos. Estaba junto a mi mano derecha. No la
miré; únicamente la sostuve apretándola con el pulgar contra los dedos extendidos - Adopté la
forma que don Juan me había enseñado. En cuestión de segundos, sentí que me llenaba un
extraño vigor. Entonces grité y arrojé la piedra. Me pareció un cla mor magnífico. En ese
momento, no me importaba vivir ni morir. Sentí que el grito era estremecedor en su potencia.
Era penetrante y prolongado, y en verdad dirigió mi puntería. La figura frente a mí osciló y
chilló y trastabilló hacia el costado de la casa, para internarse de nuevo en el matorral.
Tardé horas en calmarme. Ya no pude tomar asiento; trotaba de continuo en el mismo sitio.
Tenía que respirar por la boca para recibir aire suficiente.
A las 11 a.m. don Juan volvió a salir. Yo iba a dar un salto, pero los movimientos eran suyos.
Fue derecho a su sitio y se sentó como solía. Me miró y sonrió. ¡Era don Juan! Fui a él y, en vez
de enojarme, besé su mano. Creía realmente que él no había actuado para crear un efecto
dramático, sino que alguien lo había suplantado para ha cerme daño o matarme.
La conversación se inició con especulaciones sobre la identidad de una persona femenina que
supuestamente había tomado mi alma. Luego don Juan me pidió contarle cada detalle de mi
experiencia.
Narré toda la secuencia de eventos en una forma muy deliberada. El rió todo el tiempo, como
si fuera un chiste. Cuando terminé, dijo:
-Te fue bien. Ganaste la batalla por tu alma. Pero el asunto es más serio de lo que yo creía.
Anoche tu vida no valía ni un carajo. Tu buena suerte fue que sabías lo suficiente y te
defendiste. De no haber tenido un poco de preparación, ahorita estarías muerto, porque lo que te
visitó anoche traía ganas de acabar contigo.
-¿Cómo es posible, don Juan, que alguien tomara la forma de usted?
-Muy sencillo. Lo que te visitó anoche es una diablera y tiene un buen ayudante del otro lado.
Pero no fue muy buena para tomar mi apariencia, y tú diste con el truco.
-¿Un ayudante del otro lado es lo mismo que un aliado?
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