01 las enseñanzas de don juan carlos castaneda.pdf

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-No, un ayudante es la ayuda de un diablero. Un ayudante es un espíritu que vive del otro lado
del mundo y ayuda al diablero a causar enfermedad y dolor. Lo ayuda a matar.
-¿Puede un diablero tener también un aliado, don Juan?
-Por supuesto, si son los diableros los que tienen aliados, pero antes de que un diablero pueda
domar a un aliado, el diablero acostumbra tener un ayudante que lo auxilie en sus tareas.
-¿Y la mujer que tomó su forma, don Juan? ¿Tiene sólo ayudante y no aliado?
-No sé si tenga aliado o no. A algunas personas no les gusta el poder de un aliado y prefieren
un ayudante. Domar un aliado es trabajo duro. Sale más fácil conseguir un ayudante del otro
lado.
-¿Piensa usted que yo podría conseguir un ayudante?
-Para saberlo, tienes que aprender mucho más. Estamos otra vez al principio, casi como el
primer día que viniste a pedirme hablar de Mescalito, y yo no podía porque no me habrías
entendido ni una palabra. Ese otro lado es el mundo de los diableros. Creo que lo mejor será
decirte lo que yo creo y siento, como lo hizo mi benefactor. El era diablero y guerrero; su vida
se inclinaba hacia la fuerza y la violencia del mundo. Pero yo no soy ninguna de las dos cosas.
Esa. es mi naturaleza. Tú has visto mi mundo desde el principio. En cuanto a enseñarte el
camino de mi bene factor, nada más puedo dejarte en la puerta, y tú tendrás que decidir solo;
tendrás que aprenderlo por tu propia cuenta. Debo reconocer ahora que cometí un error contigo.
Habría sido mucho mejor, ahora lo veo, empezar como yo mismo empecé. Así es más fácil
darse cuenta de cuán sencilla y a la vez cuán profunda es la diferencia. Un dia blero es un
diablero y un guerrero es un guerrero. O se puede ser las dos cosas. Hay bastante gente que es
las dos cosas. Pero un hombre que sólo recorre los caminos de la vida lo es todo. Hoy no soy ni
guerrero ni diablero. Para mí ya no hay nada de eso. Para mí sólo recorrer los caminos que
tienen corazón, cualquier camino que tenga corazón. Esos recorro, y la única prueba que vale es
atravesar todo su largo. Y esos recorro mirando, mirando, sin aliento,
Hizo una pausa. Su rostro reflejaba un estado de ánimo peculiar; parecía inusitadamente serio.
Yo no sabía qué preguntar ni qué decir.
Don Juan prosiguió:
-La cosa que hay que aprender es cómo llegar a la raja entre los mundos y cómo entrar en el
otro mundo. Hay una raja entre los dos mundos, el mundo de los diableros y el mundo de los
hombres vivos. Hay un lugar donde los dos mundos se montan el uno sobre el otro. La raja está
allí. Se abre y se cierra como una puerta con el viento. Para llegar allí, un hombre debe ejercer
su voluntad. Debe, diría yo, desarrollar un deseo indomable, una dedicación total. Pero debe
hacerlo sin ayuda de ningún poder ni de ningún hombre. El hombre sólo debe reflexionar y
desear hasta el momento en que su cuerpo esté listo para emprender el viaje. Ese momento se
anuncia con un temblor prolongado de los miembros y vómitos violentos. Por lo general, el
hombre no puede dormir ni comer, y se va gastando.
Cuando las convulsiones ya no cesan, el hombre está listo para partir, y la raja entre los
mundos aparece enfrente de sus ojos como una puerta monumental: una rendija que sube y baja.
Cuando se abre, el hombre tiene que-colarse por ella. Del otro lado de esa frontera es difícil
distinguir. Hace viento, como polvareda. El viento se arremolina. El hombre debe entonces
caminar en cualquier dirección. El viaje será corto o largo, según su fuerza de voluntad. Un
hombre de voluntad fuerte hace viajes cortos. Un hombre débil, indeciso, viaja largo y con
dificultades. Después de este viaje, el hombre llega a una especie de meseta. Se pueden
distinguir con claridad algunos de sus rasgos. Es un plano encima de la tierra. Se le reconoce
por el viento, que allí sopla todavía más fuerte: golpea, ruge por todo el derredor. En la parte
más alta de esa meseta está la entrada al otro mundo. Y hay una especie de piel que separa los
dos mundos; los muertos la atraviesan sin ruido, pero nosotros tenemos que romperla con un
grito. El viento reúne fuerza, el mismo viento indómito que sopla en la me seta. Cuando el
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