01 las enseñanzas de don juan carlos castaneda.pdf


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viento ha juntado fuerza suficiente, el hombre tiene que gritar y el viento lo empuja al otro lado.
Aquí también su voluntad debe ser inflexible, para poder combatir al viento. Todo lo que
necesita es un empujón suave, y no que el viento lo mande al fin del otro mundo. Una vez que
está del otro lado, tiene que vagar por allí. Su buena suerte sería encontrar un ayudante cerca, no
muy lejos de la entrada. El hombre tiene que pedirle ayuda. En sus propias palabras, tiene que
pedir al ayudante que lo instruya y lo haga diablero. Cuando el ayudante acepta, mata al hombre
allí mismo, y mientras está muerto le enseña. Cuando hagas el viaje, a lo mejor encuentras a un
gran diablero en el ayudante que te mate y te enseñe; eso depende de tu suerte. Pero las más de
las veces uno encuentra brujos de mala muerte sin gran cosa que enseñar. Pero ni tú ni ellos
tienen el poder de negarse. El mejor de los casos es hallar un ayudante macho para no caer en
manos de una diablera que lo haga a uno sufrir en forma increíble. Las mujeres siempre son así.
Pero eso depende de la pura suerte, a no ser que el benefactor de uno sea también un gran
diablero, caso en el cual tendrá muchos ayudantes en el otro mundo y puede mandarlo a uno a
ver a un ayudante en particular. Mi benefactor era uno de esos hombres.
"Me guió al encuentro de su espíritu ayudante. Después de que regreses, ya no serás el mismo.
Estás comprometido a volver y a ver seguido a tu ayudante. Y estás comprometido a alejarte
más y más de la entrada, hasta que por fin un día irás demasiado lejos y no podrás regresar. A
veces un diablero pesca un alma y la empuja por la entrada y la deja a la custodia de su
ayudante mientras él le roba a la persona toda su voluntad. En otros casos, el tuyo por ejemplo,
el alma pertenece a una persona de voluntad fuerte, y el diablero sólo puede guardarla en su
morral, porque es demasiado difícil llevársela al otro lado. En tales casos, como en el tuyo, una
batalla puede resolver el problema: una batalla en que el diablero se juega el todo por el todo.
Esta vez perdió el combate y tuvo que soltar tu alma. De haber ganado, se la llevaba a su
ayudante para que se quede con ella."
-Pero ¿cómo le gané?
-No te moviste de tu sitio. Si te hubieras apartado un centímetro, te habría hecho polvo. La
diablera escogió el momento en que yo no estaba como la mejor hora para atacar, y lo hizo bien.
Falló porque no contaba con tu propia naturaleza, que es violenta, y también porque no te saliste
del sitio en el que eres invencible.
-¿Cómo me habría matado de haberme movido?
-Te habría golpeado como un rayo. Pero sobre todo se habría quedado con tu alma, y tú te
habrías ido gastando.
-¿Qué va a suceder ahora, don Juan?
-Nada. Recobraste tu alma. Fue una buena batalla-Anoche aprendiste muchas cosas.
Después nos pusimos a buscar la piedra que yo había lanzado. Don Juan dijo que, de
encontrarla, podríamos estar absolutamente seguros de que el asunto había terminado.
Buscamos durante casi tres horas. Yo tenía el sentimiento de que la reconocería. Pero no pude.
Ese mismo día, empezando a anochecer, don Juan me llevó a los cerros cerca de su casa. Allí
me dio instruccio nes largas y detalladas sobre procedimientos específicos de pelea. En
determinado momento, mientras repetía ciertos pasos prescritos, me hallé solo. Había subido
corriendo una ladera y estaba sin aliento. Sudaba en abundancia, pero tenía frío. Llamé varias
veces a don Juan, pero no contestó, y empecé a experimentar una aprensión extraña. Oí un crujir en el matorral, como si algo viniera hacia mí. Escuché atentamente, pero el ruido cesó.
Luego volvió a oírse, más fuerte y más Cerca. En ese instante se me ocurrió que iban a repetirse
los eventos de la noche anterior. En cuestión de segundos, mi miedo creció fuera de toda
proporción. El crujir en las matas se acercó más, y mi fuerza menguó. Quería gritar o llorar,
correr o desmayarme, Mis rodillas se vencieron; caí por tierra, chillando. Ni siquiera pude
cerrar los ojos. Después de eso, sólo recuerdo que don Juan encendió una hoguera y frotó los
músculos agarrotados de mis brazos y piernas.
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