01 las enseñanzas de don juan carlos castaneda.pdf


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más pesados. Se dejó caer a plomo en el suelo, en vez de deslizarse ágilmente como solía.
Además, ése no era su sitio, y don Juan nunca, en ninguna circunstancia, se sentaba en ningún
otro lugar.
Entonces volvió a hablarme. Preguntó por qué me había yo negado a ir cuando él me
necesitaba. Hablaba con voz fuerte. Yo no quería mirarlo, y sin embargo experimenta ba una
urgencia compulsiva de observarlo. Empezó a mecerse levemente de un lado a otro. Cambié de
postura, adopté la forma para pelear que él me enseñó, y me volvía encararlo. Mis músculos
estaban tiesos y extrañamente tensos. No sé qué me movió a adoptar la forma dé pelea, acaso
fue el creer que don Juan quería asustarme creando la impresión de que, en realidad, la persona
que yo estaba viendo no era él mismo. Pensé que ponía mucho cuidado en hacer cosas fuera de
costumbre, para implantar la duda en mi mente. Tuve miedo, pero aun así me sentía por encuna
de todo aquello, porque de hecho me hallaba evaluando y analizando la secuencia completa.
En ese punto, don Juan se levantó. Sus movimientos fue ron completamente desconocidos.
Puso los brazos frente al cuerpo y se empujó hacia arriba, alzando primero la espalda; luego
asió la puerta y enderezó la parte superior del cuerpo. Me asombró la honda familiaridad que yo
tenia con sus movimientos, y el sentimiento terrible que él creaba al hacerme ver un don Juan
que no se movía como don Juan.
Dio unos pasos hacia mí. Sostenía con ambas manos la parte inferior de su espalda, como si
tratara de enderezarse o sufriera un dolor. Gemía y resoplaba. Parecía tener tapada la nariz. Dijo
que me iba a llevar, y me ordenó levantarme y seguirlo. Caminé hacia el lado oeste de la casa.
Cambié de posición para encararlo. Se volvió hacia mí. Yo no me moví de mi sitio; estaba
pegado a él.
-¡Oye muchacho! -vociferó-. Te dije que vengas conmigo. ¡Si no vienes te llevo a empujones!
Se me acercó. Empecé a golpearme la pantorrilla y el muslo y a bailar aprisa. Don Juan llegó
al filo del zaguán, frente a mi, y casi me tocó. Frenéticamente dispuse mi cuerpo para adoptar la
posición de lanzamiento, pero él cambió de dirección y se alejó hacia los matorrales a mi
izquierda. En cierto momento, mientras se alejaba, se volvió de pronto, pero yo le daba la cara.
Se perdió de vista. Conservé la postura de pelea un rato más, pero como ya no lo vi me senté
de nuevo con las piernas cruzadas y la espalda contra la roca. A estas alturas me hallaba
realmente asustado. Quise huir corriendo, pero esa idea me aterraba más aún. Sentí que, si él me
atrapaba en el camino a mi coche, quedaría completamente a su merced. Empecé a cantar las
canciones de peyote que sabía. Pero sentía de algún modo que allí eran impotentes. Sólo servían
de pacificador, pero me serenaron. Las canté una y otra vez.
A eso de las 2:45 a.m. oí un ruido dentro de la casa. Inmediatamente cambié de postura. La
puerta se abrió de golpe y don Juan salió trastabillando. Boqueaba y se aga rraba la garganta. Se
arrodilló frente a mí y gimió. Me pidió, en voz aguda y chillona, ir a ayudarlo. Luego vociferó
nuevamente y me ordenó ir. Hacía ruidos de gargarismo. Me suplicó ir a ayudarlo, porque algo
lo ahogaba. Se arrastró sobre las manos y las rodillas hasta hallarse a poco más de un metro.
Extendió las manos hacia mí.
-¡Ven acá! -dijo. Entonces se levantó. Sus brazos estaban extendidos en mi dirección. Parecía
dispuesto a aferrarme. Pateé el suelo y me di palmadas en la pantorrilla y el muslo. Estaba fuera
de mí.
Don Juan se detuvo y caminó hacia el costado de la casa y se internó entre los matorrales.
Cambié de postura para encararlo. Luego volví a sentarme. Ya no quería cantar. Mi energía
parecía desgastarse. Todo el cuerpo me dolía; cada músculo estaba tieso y dolorosamente
contraído. No sabía qué pensar. No podía decidir si enojarme con don Juan o no. Pensé en
saltarle encima, pero de alguna manera supe que él me derribaría de golpe como a un insecto.
Tuve verdaderas ganas de llorar. Experimentaba una honda desesperanza; la idea de que don
Juan iba a tales extremos por asustarme provocaba en mí una sensación de llanto. Me resultaba
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