01 las enseñanzas de don juan carlos castaneda.pdf

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Me advirtió que la forma debía adoptarse sólo en momentos de crisis extrema; mientras no
hubiera peligro a la vista, yo podía estar simplemente sentado en mi sitio, con las piernas
cruzadas. Pero en circunstancias de peligro extremo, tenía el recurso de un último medio de
defensa: arrojar un objeto contra el enemigo. Me dijo que por lo común se arroja un objeto de
poder, pero como yo no tenía ninguno me era forzoso usar cualquier piedra que cupiese en la
palma de mi mano derecha, una piedra que yo pudiera sostener apretada entre la palma y el
pulgar. Dijo que tal técnica debía usarse sólo si uno se hallaba indudable mente en peligro de
perder la vida. El lanzamiento del objeto tenía que acompañarse con un grito de guerra, un
alarido con la propiedad de dirigir el objeto a su blanco. Insistió en recomendarme cuidado y
deliberación con el gritó, y no emplearlo al azar, sino sólo con "severas condicio nes de
seriedad".
Le pregunté qué quería decir con "severas condiciones de seriedad". Dijo que el cla mor, o
grito de guerra, era algo que se quedaba con un hombre toda la vida: por eso tenia que ser bueno
desde el principio. Y la única manera de empezarlo correctamente era retener el miedo y la
prisa naturales de uno hasta hallarse lleno por entero de-poder, y entonces el alarido brotaría
con dirección y fuerza. Dijo que éstas eran las condiciones de seriedad necesarias para soltar el
grito.
Le pedí explicación sobre el poder que supuestamente lo llenaba a uno antes del clamor. Dijo
que era algo que corría a través del cuerpo saliendo de la tierra donde uno estaba parado; era
una especie de poder emanado del sitio benéfico, para ser exactos. Era una fuerza que empujaba
el alarido para hacerlo salir. Si tal fuerza se manejaba de bidamente, el grito de batalla sería
perfecto.
De nuevo le pregunté si pensaba que algo iba a ocurrirme. Dijo no saber nada de eso y me
advirtió dramáticamente quedarme pegado a mi sitio cuanto fuese necesario, porque ésa era la
única protección que yo tenía contra cualquier cosa que pudiera pasar.
Empecé a asustarme; le supliqué ser más explícito. Dijo que todo cuanto sabia era que yo no
debía moverme en ninguna circunstancia; no debía entrar en la casa ni ir al matorral. Sobre
todo, dijo, no debía hablar una sola palabra, ni siquiera a él. Dijo que si-me daba mucho miedo
podía cantar mis canciones de Mescalito, y añadió que yo ya sabia demasiado sobre estos
asuntos para que fuera necesario señalarme, como a un niño, la importancia de hacer todo
correctamente.
Sus admoniciones me provocaron un estado de angustia profunda. Estuve seguro de que él
esperaba que algo ocurriese. Le pregunté por qué me recomendaba cantar las canciones de
Mescalito, y qué cosa creía él que fuera a asustarme. Rió y dijo que tal vez me diese miedo de
estar solo. Entró en la casa y cerró la puerta tras de sí. Miré mi reloj. Eran las 7 p.m. Estuve
sentado en calma un largo rato. No salían ruidos del cuarto de don Juan. Todo estaba tranquilo,
Hacía viento. Pensé en correr a mi coche a sacar una mampara, pero no me atreví a actuar
contra el consejo de don Juan. No tenía sueño, sino cansancio; el viento frío me imposibilitaba
descansar.
Cuatro horas después oía don Juan caminar en torno a la casa. Pensé que podía haber salido
por la parte trasera para orinar en el matorral. Entonces me llamó con voz fuerte.
-¡Oye muchacho! ¡Oye muchacho! Ven aquí -dijo.
Casi me levanté para ir con él. Era su voz, pero no su tono, ni sus palabras de costumbre. Don
Juan nunca me había dicho "oye muchacho". De modo que seguí donde me hallaba.
Un-escalofrío corrió a lo largo de mi espalda. El empezó a gritar de nuevo, usando la misma
frase o una similar.
Lo oí dar vuelta a la pared trasera de su casa. Tropezó con una pila de leña como si no supiera
que estaba allí. Luego llegó al zaguán y se sentó junto a la puerta, con la espalda contra la
pared. Parecía más pesado que de costumbre. Sus movimientos no eran lentos ni torpes, sólo
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