01 las enseñanzas de don juan carlos castaneda.pdf


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colocó en el cuenco de la pipa. Me ordenó dar tina fumada. Tuve la clara impresión de que
había puesto la pequeña bola en la pipa para que yo la inhalase. En un momento el cuarto perdió
su posición horizontal. Experimenté un entumecimiento profundo, una sensación pesada.
Al despertar, yacía de espaldas en el fondo de una za nja de riego poca profunda, sumergido en
agua hasta la barbilla. Alguien sostenía mi cabeza. Era don Juan. Mi primer pensamiento fue
que el agua en la zanja tenía una calidad insólita: era fría y pesada. Me golpeaba suavemente, y
mis ideas se aclaraban a cada uno de sus movimientos. Al prin cipio el agua tenía un halo o
fluorescencia verde brillante que pronto se disolvió, dejando sólo una corriente de agua común.
Pregunté la hora a don Juan. Dijo que era temprano, de mañana. Tras un rato, ya
completamente despierto, salí del agua.
-Debes decirme todo lo que viste -dijo don Juan cuando llegamos a su casa. También dijo que
había estado tratando de "hacerme volver" durante tres días, y había tenido muchas dificultades
al hacerlo. Hice muchos intentos de describir lo que había visto, pero no podía concentrarme.
Más tarde, al anochecer, me sentí listo para hablar con don Juan y empecé a contarle lo que
recordaba desde el momento en que caí de costado, pero él no quería oír de eso. Dijo que la
única parte interesante era lo que vi e hice después de que él "me echó al aire y yo salí
volando".
Todo cuanto recordaba era una serie de imágenes o escenas oníricas. No tenían orden de
secuencia. Tuve la impresión de que cada una era como una burbuja aislada, que flotaba hasta
quedar en foco y luego se alejaba. Sin embargo, no eran simplemente escenas para mirar. Yo
estaba dentro de ellas. Tomaba parte en ellas. Cuando traté de evocarlas, tuve al principio la
sensación de que eran destellos vagos, difusos, pero pensándolas me di cuenta de que cada una
era extremadamente clara, aunque sin relación alguna con mi forma ordinaria de ver las cosas,
de allí la sensación de vaguedad. Las imágenes eran pocas y sencillas.
Apenas don Juan mencionó haberme "echado al aire", tuve un leve recuerdo de una escena
absolutamente clara en la cual yo lo miraba de lleno, desde alguna distancia. Miraba sólo su
cara. Tenía un tamaño monumental. Era plana, con un resplandor intenso. Su cabello era
amarillento y se movía. Cada parte de su rostro se movía por sí misma, proyectando una especie
de luz ámbar.
La siguiente imagen era una en que don Juan me echaba realmente al aire, o me aventaba, en
una dirección recta hacia adelante. Recuerdo que “extendí mis alas y volé”. Me sentía solo,
rasgando el aire, avanzando derecho, penosamente. Era más como caminar que como volar.
Cansaba mi cuerpo. No había sentimiento de fluir libre, no había júbilo.
Entonces recordé un instante hallarme inmóvil, mirando una masa de filos agudos, oscuros, en
un área que tenía una luz opaca y dolorosa; luego vi un campo con una variedad infinita de
luces. Las luces se movían y parpa deaban y cambiaban su luminosidad. Eran casi como colores.
Su intensidad me deslumbraba.
En otro momento, había un objeto casi contra mi ojo. Era grueso y puntiagudo; tenía un
definido brillo rosáceo. Sentí un temblor súbito en alguna- parte del cuerpo y vi una multitud de
formas rosadas similares venir hacia mí. Todas se me acercaban. Me alejé de un salto.
La última escena que recordé fue de tres aves plateadas. Irradiaban una luz metálica, lustrosa,
casi como acero inoxidable pero intensa y móvil y viva. Me gustaron. Volamos juntos.
Don Juan no hizo ningún comentario sobre mi recuento.
Martes, 23 de marzo, 1965
La siguiente conversación tuvo lugar al otro día, después del relato de mi experiencia. Don
Juan dijo:
-No se necesita gran cosa para volverse cuervo. Lo hiciste y ahora siempre lo serás.
-¿Qué pasó después de que me volví cuervo, don Juan? ¿Volé durante tres días?
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