01 las enseñanzas de don juan carlos castaneda.pdf


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barbilla estaban las patas de cuervo. Me instó a sentir las patas y a observar que iban saliendo
despacio. Luego dijo que yo no estaba sólido aún, que debía crecerme una cola, y que la cola
saldría de mi cuello. Me ordenó extender la cola como un abanico y sentirla barrer el suelo.
Luego habló de las alas del cuervo, y dijo que saldrían de mis pómulos. Dijo que era duro y
doloroso. Me ordenó desplegarlas. Dijo que habían de ser extremadamente largas, tanto como
me fuera posible extenderlas; de otro modo no podría yo volar. Me dijo que las alas estaban
saliendo y eran largas y hermosas, y que yo debía agitarlas hasta que fueran alas de verdad.
Habló de la parte superior de mi cabeza y dijo que aún era muy grande y pesada; su bulto me
impediría el vuelo. La manera de reducir su tamaño era parpadear; con cada parpadeo mi cabeza
se achicaría más. Me ordenó parpadear hasta que el peso de arriba hubiese desaparecido y yo
pudiera saltar libremente. Luego me dijo que había reducido mi cabeza al tamaño de un cuervo,
y que debía caminar y saltar hasta perder la tiesura.
Antes de poder volar, dijo, tenía yo que cambiar una última cosa. Era el cambio más difícil, y
para llevarlo a cabo debía ser dócil y hacer exactamente lo que él me dijera. Tenía que aprender
a ver corro un cuervo. Dijo que mí boca y nariz iban a crecer entre mis ojos hasta dotarme de un
pico fuerte. Dijo que los cuervos ven directamente de lado, y me ordenó volver la cabeza y
mirarlo con un ojo. Dijo que si deseaba cambiar y mirar con el otro ojo, sacudiera el pico hacia
abajo, y que ese movimiento me haría mirar con el otro ojo. Me ordenó alternar de uno a otro
varias veces. Y entonces dijo que yo estaba listo para volar, y que el único modo de volar era
que él me arrojase al aire.
No tuve la menor dificultad en despertar la sensación correspondiente a cada una de sus
órdenes. Percibí cómo me crecían patas de ave, débiles y vacilantes al principio. Sentí una cola
salir de mi nuca y alas de mis pómulos. Las alas estaban profundamente plegadas. Las sentí
brotar por grados. El proceso era difícil pero no doloroso. Luego, parpadeando, reduje mi
cabeza al tamaño de un cuervo. Pero el efecto más asombroso se llevó a cabo con mis ojos. ¡Mi
vista de pájaro!
Cuando don Juan dirigió el crecimiento del pico, tuve una molesta sensación de falta de aire.
Entonces brotó un bulto, creando un bloque frente a mí. Pero sólo cuando don Juan me indicó
mirar lateralmente fueron mis ojos capaces de tener en realidad un panorama completo de lado.
Podía yo cerrar un ojo y cambiar el enfoque al otro. Pero la visión del cuarto y de todos los
objetos que había en él no era una visión ordinaria. Sin embargo, resulta ba imposible decir en
qué forma difería. Acaso estaba ladeada, o quizá las cosas se hallasen fuera de foco. Don Juan
se hizo muy grande y resplandeciente. Algo en él era confortante y seguro. Luego las imágenes
se borraron; perdieron sus contornos y se volvieron nítidos diseños abstractos que cintilaron un
rato.
Domingo, 28 de marzo, 1965
El jueves 18 de marzo fumé de nuevo la mezcla alucinógena; El procedimiento inicial varió en
pequeños detalles. Tuve que volver a llenar una vez el cuenco de la pipa. Cuando terminé la
primera dotación, don Juan me indicó limpiar el cuenco, pero él mismo virtió la mezcla, pues
yo carecía de coordinación muscular. Me costaba mucho esfuerzo mover los brazos. Había en
mi bolsa mezcla suficiente para una nueva carga. Don Juan miró la bolsa y dijo que aquélla era
mi última prueba con el humito hasta el año siguiente, pues ya había agotado mis provisiones.
Volvió del revés la bolsita y sacudió el polvo sobre el plato de las brasas. Ardió con un
resplandor naranja, como si don Juan hubiera puesto sobre los carbones una lámina de material
transparente. La lámina estalló en llamas, y luego se quebró en un intrincado diseño de líneas.
Algo describía zigzags dentro de las líneas, a gran velocidad. Don Juan me dijo que mirara el.
movimiento en las líneas. Vi algo que parecía una canica pequeña rodando de un lado a otro en
el área resplandeciente. El se agachó, metió la mano en el resplandor, recogió la canica y la
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