01 las enseñanzas de don juan carlos castaneda.pdf

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En el mes de diciembre, 1964, don Juan y yo fuimos a recolectar las diversas plantas
necesarias para hacer la mezcla de fumar. Era el cuarto ciclo. Don Juan se limitó a supervisar
mis acciones. Me instaba a no precipitarme, a observar y deliberar antes de cortar cualquiera de
las plantas. En cuanto los ingredientes fueron reunidos y almacenados, me sugirió que debía
tener un nuevo encuentro con su aliado.
Jueves, 31 de diciembre, 1964
-Ahora que sabes un poco más sobre la yerba del diablo y el humito, puedes decir con más
claridad a cuál de los dos prefieres -dijo don Juan.
-En serio, el humito me da terror, don Juan. No sé exactamente por qué, pero no le tengo buen
sentimiento.
-Te gusta el halago, y la yerba del diablo te halaga Igual que una mujer, te hace sentir bien. El
humito, en cambio, es el poder más noble, el que tiene el corazón más puro. Ni incita a los
hombres ni los aprisiona; ni ama ni odia, Todo lo que requiere es fuerza. La yerba del diablo
también requiere fuerza, pero distinta. Algo más parecido a ser ardiente con las mujeres. En
cambio, la fuerza que el humito requiere es la fuerza del corazón. El no es como la yerba del
diablo, llena de pasiones, celos y violencias. El humito es constante. No tienes que preocuparte
de que a lo mejor se te olvidó algo y te va a llevar la chingada.
Miércoles, 27 de enero, 1965
El martes 19 de enero fumé nuevamente la mezcla alucinógena. Le había dicho a don Juan que
el humito me asustaba, y que le tenía mucha aprensión. El dijo que yo debía probarlo de nuevo
para evaluarlo con justicia.
Entramos en su cuarto. Eran casi las dos de la tarde. Sacó la pipa. Fui por las brasas y nos
sentamos uno frente a otro. Dijo que iba a calentar la pipa y a despertarla, y que si me fijaba
bien la vería relumbrar. Llevó la pipa a sus labios tres o cuatro veces y chupó a través de ella.
La frotó con ternura. De pronto me hizo un signo casi imperceptible con la cabeza, indicándome
que mirara el despertar de la pipa. Miré, pero no pude verlo.
Me entregó la pipa. Llené el cuenco con mi propia mezcla, y luego recogí una brasa usando
unas tenazas que había hecho con unas pinzas de madera para ropa y que ha bía estado
guardando para esta ocasión. Don Juan miró mis tenazas y empezó a reír. Vacilé un momento, y
el carbón se pegó a las tenazas. No me atreví a golpearlas contra el cuenco de la pipa, y tuve
que escupir en la brasa para apagarla.
Don Juan volvió la cabeza y se cubrió el rostro con el brazo. Su cuerpo se sacudía. Por un
momento creí que lloraba, pero estaba riendo en silencio.
La acción se interrumpió largo rato luego él mismo recogió velozmente una brasa, la puso en
el cuenco y me ordenó fumar. Se requería todo un esfuerzo para chupar a través de la mezcla;
parecía ser muy compacta. Tras el primer intento ya tenía yo el fino polvo en la boca. La
adormeció al punto. Yo veía el respla ndor en el cuenco, pero jamás sentí el humo como se
siente el humo de un cigarro. Sin embargo, tenía la sensación de inhalar algo, algo que primero
llenaba mis pulmones y luego se impulsaba hacia abajo para llenar el resto de mi cuerpo.
Conté veinte inhalaciones, y después la cuenta ya no importó. Empecé a sudar; don Juan me
miró fijamente y me dijo que no tuviera miedo e hiciese exactamente lo que él me indicara.
Traté de responder "bueno", pero en vez de ello produje un extraño sonido ululante. Continuó
resonando después de que hube cerrado la boca. El sonido sobresaltó a don Juan, quien tuvo
otro ataque de risa. Quise decir "sí" con la cabeza, pero ésta no podía moverla.
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