01 las enseñanzas de don juan carlos castaneda.pdf

Vista previa de texto
Luego los pensamientos empezaron a disminuir en número e intensidad, y pronto se fueron
otra vez. Había sólo una conciencia de afecto, de ser feliz. No discernía yo formas ni luz. De
pronto tiraron de mí hacia arriba. Claramente sentí que me alzaban. Y me hallaba libre,
moviéndome en agua o en aire con tremenda ligereza y velocidad. Nadaba como una anguila;
me contorsionaba y viraba y me elevaba y descendía a voluntad. Sentí soplar un viento frío en
todo mi derredor y empecé a flotar como una pluma de un lado a otro, bajando, y bajando, y
bajando.
Sábado, 28 de diciembre, 1963
Desperté ayer, al terminar la tarde. Don Juan me dijo que yo había dormido apaciblemente
casi dos días. La cabeza me dolía como si fuera a romperse. Bebí un poco de agua y vomité. Me
sentía cansado, extremadamente cansado, y después de comer volví a dormirme.
Hoy me hallaba perfectamente relajado de nuevo. Don Juan y yo hablamos de mi experiencia
con el humito. Pensando que él deseaba, como siempre, el relato completo, empecé a describir
mis impresiones, pero me detuvo diciendo que no era necesario. Dijo que yo en realidad no
había hecho nada y me había quedado dormido inmediatamente, así que no había nada de qué
hablar.
-¿Y cómo me sentí? ¿No importa para nada? -insistí.
-No, con el humito no. Más tarde, cuando aprendas a viajar, hablaremos; cuando aprendas a
meterte en las cosas.
-¿De veras se "mete" uno en las cosas?
-¿No recuerdas? Te metiste en -esa pared y saliste por el otro lado.
-Pienso que en realidad me salí de mis cabales.
-No, no fue eso.
-¿Se portó usted igual que yo cuando fumó por prime ra vez, don Juan?
-No, igual no. Tenemos distinto carácter.
-¿Cómo se portó usted? .
Don Juan no respondió. Planteé de otro modo la pregunta y la hice de nuevo. Pero él afirmó
no recordar sus experiencias, y dijo que mi pregunta era comparable a interrogar a un pescador
sobre lo que había sentido la primera vez que pescó.
Dijo que el humito como aliado era único, y le recordé que también había llamado único a
Mescalito. Arguyó que cada uno era único, pero que diferían en especie.
-Mescalito es un protector porque te habla y puede guiar tus actos -dijo-. Mescalito enseña la
forma debida de vivir. Y puedes verlo porque está fuera de ti. El humito, en cambio, es un
aliado. Te transforma y te da poder sin mostrarse jamás. No puedes hablarle. Pero sabes que
existe porque se lleva tu cuerpo y te hace ligero como el aire. No obstante, nunca lo ves. Pero
allí está, dándote poder para que lleves a cabo cosas que ni te imaginas, como cuando se lleva tu
cuerpo.
-Sentí de veras que había perdido mi cuerpo, don Juan. -Pues si.
-¿Quiere usted decir que yo en realidad no tenía cuerpo?
-¿Tú qué piensas?
-Bueno, no sé. Nada más puedo decirle lo que sentí.
-Eso es todo lo que hay en realidad: lo que sentiste.
-¿Pero cómo me vio usted, don Juan? ¿Qué parecía yo? -No importa cómo te haya visto. Es
como cuando aga rraste la estaca. Sentiste que no estaba allí y le diste vuelta para estar seguro de
que estaba allí. Pero cuando saltaste volviste a sentir que no estaba de veras allí.
-Pero usted me vio como soy ahora, ¿no?
-¡No! ¡No eras como eres ahora!
-¡Cierto! Lo admito. Pero ¿tenía mi cuerpo, verdad, aunque yo no pudiera sentirlo?
71
