01 las enseñanzas de don juan carlos castaneda.pdf

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el piso. Pero mi curiosidad con respecto a la estaca era tan fuerte que me "levanté con el
pensamiento" en una especie de acción refleja. Y antes de haber tomado plena conciencia de
que no podía moverme, estaba ya de pie.
Pedí ayuda a don Juan. En determinado momento grité frenéticamente, a voz en cuello, pero
don Juan no se movió. Seguía mirándome, de soslayo, como no queriendo volver la cabeza para
encararme de lleno. Di un paso hacia él, pero en vez de avanzar trastabillé hacia atrás y caí
contra la pared. Supe que mi- espalda la había arremetido, pero no sentí dureza alguna; me
hallaba suspendido por entero en una sustancia blanda, esponjosa: era la pared. Tenía los brazos
extendidos lateralmente, y poco a poco mi cuerpo parecía hundirse en el muro. Sólo podía ver al
frente, ha cia el cuarto. Don Juan seguía observándome, pero sin hacer el menor movimiento
para ayudarme. Realicé un esfuerzo supremo por sacar mi cuerpo de la pared, pero sólo se
hundía más y más. Con un terror indescriptible, sentí que la pared esponjosa me cubría la cara.
Traté de cerrar los ojos, pero estaban fijos y abiertos.
No recuerdo qué más sucedió. De pronto vi a don Juan enfrente, a poca distancia. Nos
hallábamos en el otro cuarto. Vi la mesa de don Juan y la estufa de tierra, encendida, y con el
rabo del ojo distinguí la cerca fuera de la casa. Veía todo muy claro. Don Juan había traído la
linterna de kerosén, ahora colgada de la viga en mitad de la habitación, Traté de mirar en
dirección distinta, pero mis ojos estaban colocados exclusivamente para ver en línea recta hacia
adelante. No podía distinguir, ni sentir, parte alguna de mi cuerpo. Mi respiración tampoco se
notaba. Pero mis ideas eran lúcidas en extremo. Tenía clara conciencia de todo cuanto ocurría
frente a mí. Don Juan se acercó, y mi claridad mental cesó. Algo pareció detenerse en mi
interior. No había más ideas. Vi venir a don Juan y lo odié. Quería hacerlo pedazos. Lo habría
matado entonces, pero no podía moverme. Al principio percibí vagamente una presión sobre mi
cabeza, pero también desapareció. Sólo una cosa quedaba: una ira incontenible contra don Juan.
Lo vi a unos centímetros de mí. Quise destrozarlo con las manos. Sentí estar gruñendo. Algo en
mi empezó a retorcerse. Oí que don Juan me hablaba. Su voz era suave y tranquilizadora y,
sentía yo, infinitamente agradable. Se acercó más aún y comenzó a recitar una canción de cuna.
Señora Santa Ana, ¿Por qué llora el niño?
Por una manzana que se le ha Perdido.
Yo le daré una. Yo le daré dos.
Una para el niño y otra para vos.
Una calidez me saturó. Era una tibieza de corazón y sentimientos. Las palabras de don Juan
eran un eco distante. Revivían los recuerdos olvidados de la niñez.
La violencia antes sentida desapareció. El resentimiento se hizo añoranza: afecto gozoso que
ya no tenía cuerpo y me hallaba en libertad de convertirme en lo que quisiera. Retrocedió. Mis
ojos ocupaban un nivel normal, como si me encontrara de pie frente a él. Extendió ambos
brazos hacia mí y me dijo que entrara en ellos.
O avancé, o él se me acercó. Sus manos estaban casi sobre mi rostro: sobre mis ojos, aunque
yo no las sentía.
-Métete en mi pecho -le oí decir. Sentí que me envolvía. Era la misma sensación esponjosa de
la pared.
Luego sólo pude oír su voz ordenándome mirar y ver. Ya no me era pos ible distinguirlo. Al
parecer mis ojos estaban abiertos, pues veían relámpagos en un campo rojo; era como mirar una
luz a través de párpados cerrados. Entonces mis pensamientos volaron de nuevo. Regresaron en
un bombardeo de imágenes: rostros, paisajes. Escenas sin la menor coherencia brotaban y
desaparecían. Era como uno de esos sueños rápidos en que las imágenes se enciman y cambian.
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