01 las enseñanzas de don juan carlos castaneda.pdf

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-¿Podré hacer eso yo también?
-Podrás, si logras ganártelo como aliado.
Martes, 31 de diciembre, 1963
El jueves 26 de diciembre tuve mi primera experiencia con el aliado de don Juan, el humito.
Durante todo el día llevé a don Juan en coche de un lado a otro e hice encargos suyos.
Regresamos a su casa al atardecer. Observé que no habíamos comido nada en todo el día. Eso
no le preocupaba en absoluto; en cambio, empezó a decir que me era imperativo entrar en
confianza con el humito. Dijo que debía experimentarlo yo mismo para ver cuán importante era
como aliado.
Sin darme oportunidad de responder nada, don Juan anunció, que en ese preciso momento iba
a encenderme su pipa. Intenté disuadirlo, argumentando que no me consideraba listo. Le dije
que no sentía haber manejado la pipa el tiempo suficiente. Pero él dijo que no me quedaba
mucho tiempo para aprender, y que yo debía usar la pipa muy pronto. La sacó de su funda y la
acarició. Sentado en el piso, junto a él, yo trataba frenéticamente de ponerme mal y
desmayarme: de hacer cualquier cosa por aplazar este paso inevitable.
La habitación estaba casi oscura. Don Juan había encendido, y puesto en un rincón, la lámpara
de kerosén. Por lo general, ésta mantenía el cuarto en una semioscuridad relajante, su luz
amarillenta siempre apacible. Pero esta vez la luz parecía inusitadamente roja; sacaba de quicio.
Don Juan desató su pequeña bolsa de mezcla sin quitarla del cordón amarrado en torno a su
cuello. Acercó la pipa a sí, la puso dentro de su camisa y virtió parte de la mezcla en el cuenco.
Me hizo observar el procedimiento, señalando que si la mezcla se derramaba caería dentro de su
camisa.
Don Juan llenó tres cuartas partes del cuenco; luego ató la bolsa con una mano sosteniendo la
pipa en la otra. Recogió un pequeño plato de barro, me lo entregó y me pidió ir afuera a traer
brasitas del fuego. Fui atrás de la casa y saqué un montón de carbones de la estufa de adobe.
Regresé apresurado al cuarto de don Juan. Sentía una angus tia profunda. Era como una
premonición.
Me senté junto a don Juan y le di el plato. Lo miró y dijo calmadamente que las brasas eran
demasiado grandes. Las quería más chicas, que encajaran en el cuenco de la pipa. Volví a la
estufa y traje algunas. Tomó el nuevo plato de brasas y lo puso frente a sí. Estaba sentado con
las piernas cruzadas y metidas bajo el cuerpo. Me miró con el rabillo del ojo y se inclinó hasta
casi tocar los carbones con la barbilla. Sostuvo la pipa en la mano izquierda, y con un
movimiento extremadamente veloz de la derecha recogió una brasa ardiente y la puso en el
cuenco de la pipa; luego irguió la espalda y, tomando la pipa con ambas manos, se la puso en la
boca y dio tres fumadas. Extendió los brazos hacia mí y me dijo, en susurro enérgico, que
tomase la pipa en las dos manos y fumara.
La idea de rechazar la pipa y salir corriendo cruzó por un segundo mi mente, pero don Juan
exigió de nuevo -todavía susurrando- que tomara la pipa y fumase. Lo miré. Sus ojos estaban
fijos en mi. Pero su mirada era amistosa, preocupada. Resultaba claro que yo había hecho la
elección largo tiempo atrás; no había más alternativa que hacer lo que él decía.
Tomé la pipa y casi la dejé caer. ¡Estaba caliente! Me la llevé a la boca con gran cuidado
porque imaginé que su calor sería insoportable. Pero no sentí calor alguno.
Don Juan me indicó inhalar. El humo fluyó entrando en mi boca y pareció circular allí. Sentí
como si tuviera la boca llena de masa. El símil se me ocurrió aunque nunca había tenido la boca
llena de masa. El humo era también como mentol, y el interior de mi boca se enfrió de repente.
La sensación fue refrescante.
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