01 las enseñanzas de don juan carlos castaneda.pdf


Vista previa del archivo PDF 01-las-ensenanzas-de-don-juan-carlos-castaneda.pdf


Página 1...67 68 69707198

Vista previa de texto


-¡Otra vez! ¡Otra vez! -oí susurrar a don Juan. Yo sentía que el humo se filtraba libremente
dentro de mi cuerpo, casi sin mi control. No necesité más apremio de don Juan. Mecánicamente
seguí inhalando.
De pronto, don Juan se inclinó y me quitó la pipa de las manos. Con golpes suaves vació la
ceniza en el plato de las brasas, luego se mojó el dedo con saliva y le dio vueltas dentro del
cuenco para limpiar las paredes de éste. Sopló repetidas veces a través del tallo. Lo vi devolver
la pipa a su funda. Sus acciones retenían mi interés.
Cuando hubo limpiado y guardado la pipa, me miró, y por vez primera advertí que todo mi
cuerpo se hallaba insensible, mentolado. Me pesaba el rostro y me dolían las quijadas. No podía
tener cerrada la boca, pero no había flujo de saliva. Mi boca ardía de tan seca, y sin embargo yo
no tenía sed. Empecé a percibir un calor insólito encima de toda mi cabeza. ¡Un calor frío! Cada
vez que exhalaba, el aliento parecía cortarme los orificios nasales y el labio superior. Pero no
quemaba; dolía como un trozo de hielo.
Don Juan estaba sentado junto a mí, a mi derecha, y sin moverse sostenía contra el suelo la
funda de la pipa, como impidiéndole elevarse. Mis manos pesaban. Los brazos se me vencían,
tirando de los hombros hacia abajo. Mi nariz chorreaba. La limpié con el dorso de la mano ¡y se
borró mi labio superior! Enjuagué mi cara y toda la carne desapa reció. ¡Estaba derritiéndome!
Sentí que mi carne en verdad se fundía. Levantándome de un salto, traté de agarrar algo
-cualquier cosa- para sostenerme. Experimentaba un terror nunca antes sentido. Aferré una
enorme estaca que don Juan tiene clavada en el piso, en el centro de su cuarto. Permanecí allí en
pie un momento; luego me volvía mirarlo. Seguía sentado, inmóvil, deteniendo la pipa,
mirándome con fijeza.
Mi aliento era dolorosamente cálido (¿o frío?). Me asfixiaba. Incliné la cabeza hacia adelante
para apoyarla en la estaca, pero al parecer no di en ella: mi cabeza siguió descendiendo más allá
del punto donde se encontraba la estaca. Me detuve casi llegando al suelo. Me enderecé. ¡La
estaca estaba allí frente a mis ojos! Intenté nuevamente apoyar en ella la cabeza. Traté de
controlarme y de estar consciente, y mantuve los ojos abiertos al inclinarme para tocar la estaca
con la frente. Se hallaba a unos centímetros de mis ojos, pero al poner la cabeza contra ella tuve
la extraña sensación de estar atravesándola.
Buscando desesperadamente una explicación racional, concluí que mis ojos estaban alterando
la distancia, y que la estaca debía hallarse a tres metros, aunque yo la viera frente a mi cara.
Entonces concebí una forma lógica y racional de corroborar la posición de la estaca. Empecé a
caminar de lado en torno a ella, paso a pasito. Mi idea era que, rodeando así la estaca, no me
sería posible en forma alguna describir un circulo mayor de metro y medio en diámetro; si la
estaca se encontraba en realidad a tres metros de mí, o fuera de mi alcance, llegaría el momento
en que yo le diera la espalda. Confiaba en que, en ese instante, la estaca se desvanecería, porque
de hecho estaría detrás de mi.
Procedí entonces a rodear la estaca, pero durante toda la vuelta siguió frente a mis ojos. En un
arranque de ira la agarré con ambas manos, pero mis manos la atravesaron. Estaba agarrando el
aire. Calculé cuidadosamente la distancia hasta la estaca. Concluí que seria menos de un metro.
Es decir, mis ojos la percibían como un metro. Jugué un momento con mi percepción de
profundidad moviendo la cabeza de un lado a otro, enfocando por turno cada ojo, primero sobre
la estaca y luego sobre lo de atrás. Según mi manera de juzgar la profundidad, la estaca se
hallaba sin duda frente a mi, posiblemente a un metro. Estirando los brazos para proteger mi
cabeza, embestí con todas mis fuerzas.
La sensación fue la misma: atravesé la estaca. Esta ocasión fui a dar contra el piso. Me
levanté. Y ésa fue tal vez la más insólita de todas las acciones que ejecuté aquella noche. ¡Me
levanté con el pensamiento! No usé, al levantarme, mis músculos ni mi esqueleto en la forma
que acostumbro, porque ya no tenía control sobre ellos. Lo supe en el instante de chocar contra
69