01 las enseñanzas de don juan carlos castaneda.pdf

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Nuevamente le pedí hablar de mi apariencia. Quería saber cómo me había visto, pues la
imagen de un ser incorpóreo que don Juan había plantado en mi mente, comprensiblemente era
insoportable.
Dijo que, a decir verdad, le dio miedo mirarme; sintió lo mismo que su benefactor debió de
sentir al ver a don Juan fumar por vez primera.
-¿Por qué le daba miedo? -pregunté-. ¿Me veía tan mal?
-Jamás habla -visto fumar a nadie.
-¿No veía fumar a su benefactor?
-No.
-¿Ni siquiera se ha visto nunca usted mismo?
-¿Y cómo me voy a ver?
-Podría fumar frente a un espejo.
No respondió, pero se quedó mirándome y sacudió la cabeza. Volví a preguntarle si era
posible mirarse en un espejo. Dijo que seria posible, aunque resultaría inútil, porque
probablemente uno se moriría del susto, si no es que de otra cosa,
-Entonces ha de verse uno espantoso -dije.
-Toda mi vida me ha intrigado la misma cosa -dijo-. Y sin embargo no pregunté, ni me vi en
un espejo. Ni siquiera pensé en eso.
-Entonces, ¿cómo puedo averiguar?
-Tendrás que esperar, como yo, hasta que le des el humito a otro. Si es que llegas a dominarlo,
claro. Entonces verás cómo parece un hombre. Esa es la regla.
-¿Qué pasaría si fumara yo frente a una cámara y me tomara un retrato?
-No sé. Quizás el humito se volvería en tu contra. Pero a ti eso no te importa porque ha de
parecerte tan inofensivo que te crees capaz de jugar con él.
Le dije que no me proponía jugar, pero que antes él me había dicho que el humito no requería
pasos, y yo pensaba que no había mal en querer saber qué aspecto tenía uno. Me corrigió: había
querido decir que no existía la necesidad de seguir un orden especifico, como con la yerba del
diablo; con el humito, todo cuanto se necesitaba era la actitud debida. Desde ese punto de vista,
dijo, había que ser exacto al seguir la regia. Me dio un ejemplo, explicando que no importaba
cuál de los ingredientes para la mezcla se recogiese primero, siempre y cuando la cantidad fuese
la necesaria.
Pregunté si habría algún mal en contar a otros mi expe riencia. Repuso que los únicos secretos
que nunca debían revelarse eran cómo hacer la mezcla, cómo desplazarse y cómo regresar;
otros asuntos relativos al tema carecían de importancia.
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