01 las enseñanzas de don juan carlos castaneda.pdf


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Corrí de nuevo al matorral. Sabia que Mescalito estaba allí, y que iba a encontrarlo. Pero no
estaba. Esperé hasta la mañana, y me uní a los otros poco antes de terminar la sesión.
El procedimiento habitual se repitió el tercer día. Yo no me hallaba cansado, pero dormí
durante la tarde.
La noche del sábado 5 de septiembre, el viejo entonó su canción de peyote para iniciar el ciclo
una vez más. Durante esta sesión masqué un solo botón y no escuché ninguna de las canciones
ni presté atención a nada de lo que ocurría. Desde el primer momento, todo mi ser se concentró
exclu sivamente en un punto. Sabía que faltaba algo terriblemente importante para mi bienestar.
Mientras los hombres cantaban pedí a Mescalito, en alta voz, enseñarme una canción. Mi
súplica se confundió con el estentóreo canto de los hombres. De inmediato percibí una canción
en mis oídos. Me volví y, sentado de espa ldas al grupo, escuché. Oí las palabras y la tonada una
y otra vez, y las repetí hasta aprenderme toda la canción. Era una canción larga, en español.
Entonces la canté al grupo varias veces. Y poco después llegó a mis oídos una nueva canción.
Al amanecer, había yo cantado ambas canciones incontables veces. Me sentía renovado,
fortificado.
Después de que nos dieron agua, don Juan me entregó una bolsa y todos salimos a los cerros.
Fue un recorrido largo y esforzado hasta una meseta baja. Allí vi varias plantas de peyote. Pero
por alguna razón no quería mirarlas. Cuando hubimos cruzado la meseta, el grupo se disgregó.
Don Juan y yo caminamos de retorno, juntando botones de peyote igual como habíamos hecho
la primera vez que lo ayudé.
Regresamos al atardecer del domingo 6 de septiembre. En la noche, el guía abrió de nuevo el
ciclo. Nadie había dicho una palabra, pero yo sabía perfectamente que se trataba de la única
reunión. Esta vez el viejo cantó una canción nueva. Un saco con botones frescos de peyote se
pasó de mano en mano. Era la primera vez que yo probaba un botón fresco. Era pulposo, pero
difícil de masticar. Semejaba una fruta dura, verde, y era más acre y más amargo que los
botones secos. En lo personal, el peyote fresco me pareció infinitamente más vivo.
Masqué catorce botones. Los conté con cuidado. No terminé el último, pues oí el conocido
retumbar que marcaba la presencia de Mescalito. Todo el mundo cantaba con fre nesí, y supe
que don Juan y todos los demás habían oído realmente el ruido. No quise pensar que su reacción
fuera respuesta a una señal dada por alguno de ellos sólo para engañarme.
En ese momento sentí que me envolvía tina gran oleada de sabiduría. Una conjetura con la que
llevaba tres años Jugando se convirtió en certeza. Había neces itado tres años advertir, o más
bien descubrir, que cualquier cosa que esté contenida en el cacto Lophophora williamsii no
tenía ninguna necesidad de mí para existir como entidad; existía por sí misma allá afuera, libre.
Lo supe entonces.
Canté febrilmente hasta no poder ya dar voz a las pala bras. Sentía como si las canciones
estuvieran dentro de mi cuerpo, sacudiéndome en forma incontrolable. Me era preciso salir y
hallar a Mescalito; de lo contrario, estallaría. Caminé hacia el campo de peyote. Seguía
cantando mis canciones. Sabía que eran individualmente mías: la prueba incuestionable de mi
peculiaridad. Percibía cada uno de mis pasos. Resonaban sobre la tierra; su eco producía la
indescriptible euforia de ser un hombre.
Cada una de las plantas de peyote en el campo brillaba con una luz azulenca, cintilante. Una
planta tenía una luz muy viva. Me senté frente a ella y le canté mis canciones. Mientras las
cantaba, Mescalito salió de la planta: la mis ma figura semihumana que yo había visto antes. Me
miraba. Con gran audacia, para una persona de mi temperamento, le canté. Hubo un sonido de
flautas o de viento, una vibración musical conocida. Mescalito parecía haber dicho, como dos
años antes:
-¿Qué quieres?

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