01 las enseñanzas de don juan carlos castaneda.pdf


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Hablé en voz muy alta. Sabia, dije, que algo estaba fuera de lugar en mi vida y en mis
acciones, pero no podía descubrir qué era. Le rogué decirme qué andaba mal en mí, y también
decirme su nombre para poder llamarlo cuando lo necesitara. Me miró, alargó la boca como una
trompeta hasta alcanzar mi oído, y entonces me dijo su nombre.
De pronto vi a mi padre, en pie a mitad del campo de peyote; pero el campo había
desaparecido y la escena era mi vieja casa, la casa de mi niñez. Mi padre y yo estábamos en pie
junto a una higuera Abracé a mi padre y, aprisa, empecé a decirle cosas que nunca antes había
podido decir. Cada una de mis ideas era concisa, e iba al grano. Era, en realidad, como si no
hubiese tiempo y yo tuviera que decir todo de golpe. Dije cosas estremecedoras sobre mis sentimientos hacia él, cosas que jamás habría podido pronunciar en circunstancias ordinarias.
Mi padre no habló. Solamente me escuchó, y luego fue jalado, o chupado, a otra parte. Me
hallaba solo de nuevo. Lloré de remordimiento y de tristeza.
Crucé el campo de peyote clamando el nombre que Mescalito me había enseñado. Algo surgió
de una luz extraña, como estrella, en una planta de peyote. Era un objeto largo y brillante: una
barra de luz del tamaño de un hombre. Por un momento iluminó todo el campo con un intenso
resplandor amarillento o ámbar; luego encendió el cielo creando una vista portentosa,
maravillosa. Pensé que de seguir mirando me quedaría ciego; me cubrí los ojos y oculté la
cabeza entre los brazos.
Tuve la clara noción de que Mescalito me indicaba comer un botón más de peyote. Pensé: "No
puedo porque no tengo cuchillo para cortarlo."
-Come uno de la tierra -me dijo en la misma extraña forma.
Me acosté boca abajo y masqué la parte superior de una planta. Me encendió. Llenó de tibieza
e inmediatez cada rincón de mi cuer po. Todo estaba vivo. Todo tenía detalle exquisito e
intrincado, y sin embargo todo era simple. Yo estaba en todas partes; podía ver al mismo tiempo
hacia arriba y hacia abajo y alrededor.
Este sentimiento particular duró lo bastante para que yo lo Advirtiera. Luego se tornó en un
terror opresivo: terror que no me invadió súbitamente, sino, de alguna manera, efusivamente. Al
principio, mi maravilloso mundo de silencio fue sacudido por ruidos agudos, pero no me
preocupé. Luego los ruidos se hicieron más fuertes, ininterrumpidos, como si estuviesen
cerrándose sobre mí. Y gradualmente perdí el sentimiento de flotar en un mundo indiferenciado,
indiferente y hermoso. Los ruidos se volvieron pasos gigantescos. Algo enorme respiraba y se
movía en mi derredor. Creí que estaba cazándome.
Corrí a esconderme detrás de un peñasco, y desde allí traté de precisar qué me seguía. En
determinado momento repté fuera de mi escondite para mirar y mi. perseguidor, fuera el que
fuera, me localizó. Era como un sargazo. Se arrojó encima de mí. Pensé que su peso me
quebrantaría, pero en vez de ello me encontré dentro de un tubo o una cavidad.
Vi claramente que el sargazo no había cubierto toda la superficie en torno mío. Quedaba un
poco de terreno libre debajo del peñasco. Empecé a reptar por allí. Vi enormes gotas liquidas
caer del sargazo. "Supe" que estaba secretando ácido digestivo para disolverme. Una gota cayó
sobre mi brazo; traté de limpiar el ácido con tierra y le apliqué saliva mientras continuaba
escarbando. En cierto momento era yo casi vaporoso. Me empujaban hacia arriba, en dirección
de una luz. Pensé que el sargazo me había disuelto. Advertí vagamente una luz -que se
abrillantaba; empujaba desde abajo de la tierra hasta que por fin brotó en algo que reconocí
como el sol saliendo detrás de las montañas.
Lentamente empecé a recobrar mis procesos sensoriales habituales. Yacía bocabajo con la
barbilla sobre el brazo doblado. La planta de peyote frente a mí empezó a iluminarse de nuevo,
y antes de que yo pudiese mover los ojos la luz larga surgió otra vez. Se cirnió sobre mí. Me
senté. La luz tocó todo mi cuerpo con fuerza serena, y luego rodó hasta perderse de vista.

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