01 las enseñanzas de don juan carlos castaneda.pdf


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mí. Me incorporé de un salto, estuve de pie un momento y volví a caer. El terreno donde me
hallaba se movía, deslizándose hacia el agua como una balsa. Permanecí inmóvil, atontado por
un terror que, como todo lo demás, era único, ininterrumpido y absoluto.
Surqué las aguas del lago negro encaramado en un fragmento de la ribera que parecía un
tronco de barro. Tenía la sensación de ir más o menos hacia el sur, transportado por la corriente.
Podía ver el agua moverse y arremolinarse en torno mío. Se sentía fría al tacto, y curiosamente
pesada. La imaginé viva.
No había orillas ni puntos de referencia discernibles, ni puedo evocar las ideas o sentimientos
que debieron de asaltarme durante aquel viaje. Tras lo que parecieron horas de ir a la deriva, mi
balsa dio un viraje en ángulo recto hacia la izquierda, el este. Siguió deslizándose sobre el agua
por una distancia muy corta, e inesperadamente chocó contra algo. El golpe me aventó hacia
adelante. Cerré los ojos y sentí un dolor agudo al golpear el suelo con las rodillas y con los
brazos extendidos. Después de un momento, alcé la mirada. Yacía sobre el polvo. Era como si
mi tronco de barro se hubiese fundido con la tierra. Me senté y volví la cara. ¡El agua
retrocedía! Se desplazaba hacia atrás, como una ola en la resaca, hasta desaparecer.
Quedé allí sentado largo tiempo, tratando de organizar mis pensamientos y de integrar en una
unidad coherente todo lo ocurrido. Mi cuerpo entero estaba adolorido. Sentía la garganta como
llaga viva; me había mordido los labios al "desembarcar". Me incorporé. El viento me dio
conciencia de tener frío, Mi ropa estaba mojada. Las manos y quijadas y rodillas me temblaban
con tal violencia que hube de acostarme nuevamente. Gotas de sudor resbalaban a mis ojos,
quemándolos hasta hacerme gritar de dolor.
Tras un rato recobré en cierta medida la estabilidad y me levanté. En el crepúsculo oscuro, la
escena era muy clara. Di unos pasos. Me llegó distintamente el sonido de muchas voces
humanas. Parecían estar hablando alto. Seguí el sonido; caminé menos de cincuenta metros y
me detuve de pronto. Había llegado al final del camino. El sitio donde me hallaba era un corral
formado por grandes peñascos. Podía yo distinguir otra fila, y otra, y otra, hasta que se fundían
con la montaña empinada. De entre ellos surgía la música más exquisita. Era un fluir sonoro
ágil, cons tante, extraño.
Al pie de un peñasco vi a un hombre sentado en el suelo, con el rostro vuelto casi de perfil.
Me acerqué hasta ha llarme quizá a tres metros de él; entonces volvió la cabeza y me miró. Me
detuve: ¡sus ojos eran el agua que yo acababa de ver! Tenían el mismo volumen enorme, el
cintilar de oro y negro. La cabeza del hombre era puntiaguda como una fresa; su piel era verde,
salpicada de innumera bles verrugas. A excepción de la forma en punta, su cabeza era
exactamente como la superficie de la planta del peyote. Me quedé inmóvil, mirándolo; no podía
apartar los ojos de él.
Sentí que me estaba presionando deliberadamente el pecho con el peso de sus ojos. Me
ahogaba. Perdí el equilibrio y me desplomé. Sus ojos se desviaron. Oí que me hablaba. Al
principio su voz fue como el manso crujir de una brisa ligera. Luego la percibí como música como una melodía cantada- y "supe" que estaba diciendo:
-¿Qué quieres?
Me arrodillé frente a él y hablé de mi vida. Luego lloré. Me miró de nuevo. Sentí que sus ojos
tiraban de mi y pensé que ese sería el momento de mi muerte. Me hizo seña de acercarme.
Vacilé un segundo antes de dar un paso. Mientras me acercaba, él apartó de mí los ojos y me
enseñó el dorso de su mano. La melodía dijo: "¡Mira!" En medio de la mano había un agujero
redondo. "¡Mira!", dijo otra vez la melodía. Me asomé al agujero y me vi a mí mismo. Estaba
muy viejo y débil y corría encorvado; chispas brillantes volaban en todo mi derredor. Luego tres
de las chispas me golpearon, dos en la cabeza y una en el hombro izquierdo. Mi figura, en el
agujero, se irguió por un momento hasta hallarse totalmente vertical, y luego desapareció junto
con el hoyo.
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