01 las enseñanzas de don juan carlos castaneda.pdf

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-¡Aíííí!
Fue sobrecogedor, inesperado. Me aterró. Vagamente lo vi poner el botón de peyote en su
boca y empezar a mascarlo. Tras un momento recogió el saco, se inclinó hacia mí y me susurró
que tomara el saco, cogiera un mescalito, volviera a poner el saco frente a nosotros, y luego
hiciera exactamente lo que él.
Tomando un botón de peyote, lo froté como él había hecho. Mientras tanto, don Juan
canturreaba, oscilando a un lado y a otro. Traté varias veces de meter el botón en mi boca, pero
me avergonzaba gritar. Entonces, como en un sueño, un alarido increíble salió de mí: ¡Aíííí! Por
un momento pensé que se trataba de alguien más. De nuevo sentí en el estómago los efectos de
un shock nervioso. Estaba cayendo hacia atrás. Me estaba desmayando. Metí en mi boca el
botón de peyote y lo masqué . Tras un rato don Juan tomó otro de la bolsa. Me sentí aliviado al
ver que lo ponía en su boca tras un canturreo corto. Me pasó la bolsa, y volvía dejarla frente a
nosotros después de sacar un botón. Este ciclo se repitió cinco veces antes de que yo notara algo
de sed. Recogí la cantimplora para beber, pero don Juan me dijo que sólo me lavara la boca, y
que no bebiera porque vomitaría.
Agité repetidamente el agua dentro de mi boca. En determinado momento la tentación de
beber fue formidable, y tragué un poco. Inmediatamente mi estómago empezó a convulsionarse.
Esperaba yo un fluir indoloro y fácil, como durante mi primera experiencia con el peyote, pero
para mi sorpresa tuve sólo la sensación común de vomitar. No duró mucho, sin embargo.
Don Juan cogió otro botón y me entregó la bolsa, y el ciclo se renovó y repitió hasta que hube
mascado catorce botones. Para entonces, todas mis sensaciones iniciales de sed, frío e
incomodidad habían desaparecido. En su lugar tenía una novedosa sensación de tibieza y
excitación. Tomé la cantimplora para refrescarme la boca, pero estaba vacía.
-¿Podemos ir al arroyo, don Juan?
En vez de proyectarse hacia afuera, el sonido de mi voz pegó en el velo del paladar, rebotó
hacia la garganta y resonó entre ambos en una y otra dirección. El eco era suave y musical, y
parecía aletear dentro de mi garganta. El roce de las alas me apaciguaba. Seguí sus movimientos
de ida y vuelta hasta que desapareció.
Repetí la pregunta. Mi voz sonó como si me hallase ha blando dentro de una bóveda.
Don Juan no respondió. Me levanté y me volví en direc ción del arroyo, Lo miré para ver si
venía, pero él parecía escuchar algo atentamente.
Hizo un ademán imperativo de guardar silencio.
-¡Abuhtol [?] ya está aquí! -dijo.
Yo nunca había oído esa palabra, y meditaba si preguntarle sobre ella cuando percibí un ruido
que parecía ser un zumbido dentro de mis orejas. El sonido se hizo gradualmente más fuerte,
hasta semejar la vibración causada por un enorme zumbador. Duró un momento breve y se fue
apagando ha sta que todo estuvo otra vez en silencio. La violencia y la intensidad del ruido me
aterraron. Temblaba tanto que apenas podía permanecer en pie; sin embargo, mi estado era
perfectamente racional. Si unos minutos antes me hallaba soñoliento, esta sensación había
desaparecido por entero, dando paso a una lucidez extrema. El ruido me recordó una película de
ficción científica en que las alas de una abeja gigantesca zumbaban al salir de un área de
radiación atómica. Reí de la idea. Vi a don Juan reclinarse para recuperar su postura relajada. Y
de pronto volvió a acosarme la imagen de una abeja gigantesca. La imagen era más real que los
pensamientos comunes. Estaba sola, rodeada de una claridad extraordinaria. Todo lo demás fue
expulsado de mi mente. Este estado de claridad mental, sin precedente en mi vida, produjo otro
momento de terror.
Empecé a sudar. Me incliné hacia don Juan para decirle que tenía miedo. Su rostro estaba a
unos centímetros del mío. Me miraba, pero sus ojos eran los ojos de una abeja. Parecían
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