01 las enseñanzas de don juan carlos castaneda.pdf


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anteojos redondos, con luz propia en la oscuridad. Sus labios formaban una trompa y de ellos
surgía un ruido acompasado: "Pehtuh-peh-tuh-peh-tuh." Salté hacia atrás, casi chocando contra
el muro de roca. Durante un tiempo al parecer infinito experimenté un miedo insoportable. Jadeaba y gemía. El sudor se había congelado sobre mi piel, dándome una rigidez incómoda.
Entonces oí la voz de don Juan diciendo:
-¡Levántate! ¡Muévete! ¡Levántate!
La imagen se desvaneció y de nuevo pude ver su rostro familia r.
-Voy por agua -dije tras otro momento interminable. Mi voz se quebraba. Apenas me era
posible articular las palabras. Don Juan asintió. Mientras me alejaba, advertí que el miedo se
había ido en forma tan rápida y misteriosa como su llegada.
Al acercarme al arroyo noté que podía ver cada objeto en el camino. Recordé que acababa de
ver claramente a don Juan, cuando antes apenas podía distinguir sus contornos. Me detuve y
miré la distancia, y pude ver incluso el otro lado del valle. Algunos peñascos que había allí se
hicieron perfectamente visibles. Pensé que debería ser de madrugada, pero se me ocurrió que tal
vez hubiera perdido la noción del tiempo. Miré mi reloj. ¡Eran las 12 :10! Revisé el reloj para
ver si estaba funcionando. No podía ser mediodía: ¡tenía que ser medianoche! Planeaba correr
por el agua y volver a las rocas, pero vi acercarse a don Juan y lo esperé. Le dije que podía ver
en la oscuridad.
El se quedó mirándome largo rato sin decir palabra; si acaso habló, no lo oí, pues me hallaba
concentrado en mi nueva y única capacidad de ver en lo oscuro. Podía distinguir los guijarros
minúsculos en la arena. En momentos todo estaba tan claro que parecía ser madrugada o
atardecer. Luego se oscurecía; luego se aclaraba de nuevo. Pronto advertí que la luminosidad
correspondía a la diástole de mi corazón, y la oscuridad a la sístole. El mundo se hacía brillante
y oscuro y brillante de nuevo con cada latido de mi corazón.
Estaba absorto en este descubrimiento cuando el extraño sonido que había oído antes se hizo
audible otra vez. Mis músculos se tensaron.
-Anuhctal [según oí la palabra en esta ocasión] está aquí -dijo don Juan. Yo imaginaba el
bramido tan atronante, tan avasallador, que nada más importaba. Cuando amainó, percibí un
aumento súbito en el volumen de agua. El arroyo, que un minuto antes había tenido una anchura
de menos de treinta centímetros, se expandió hasta ser un lago enorme. Luz que parecía venir de
encima de él tocaba la superficie como brillando a través de follaje espeso. De tiempo en
tiempo el agua cintilaba un segundo: dorada y negra. Luego quedaba oscura, sin luz, casi fuera
de vista y sin embargo extrañamente presente.
No recuerdo cuánto tiempo permanecí allí, nada más que observando, acuclillado a la orilla
del lago negro. El rugido debió de calmarse mientras tanto, pues lo que me hizo regresar con
violencia (¿a la realidad?) fue otro zumbido aterrador. Me volví para buscar a don Juan. Lo vi
trepar y desaparecer tras la saliente de roca. Sin embargo, el sentimiento de estar solo no me
molestaba en absoluto; reposaba allí en un estado de abandono y confianza totales. El bramido
se hizo audible de nuevo; era muy intenso, como el ruido causado por un viento alto.
Escuchándolo con todo el cuidado posible, logré reconocer una melodía definida. Era un
conglomerado de sonidos agudos, como voces humanas, acompañado por un tambor bajo,
grave. Enfoqué toda mi atención en la melodía, y nuevamente noté que la sístole y la diástole de
mi corazón coincidían con el sonido del tambor y con la pauta de la música.
Me levanté y la melodía cesó. Traté de escuchar mi corazón, pero el latido no era localizable.
Me acuclillé de nuevo, pensando que acaso la posición de mi cuerpo había causado o inducido
los sonidos. ¡Pero nada ocurrió! ¡Ni un sonido! ¡Ni siquiera mi corazón! Pensé que ya era
bastante, pero al ponerme en pie para marcharme sentí un temblor de tierra. El suelo bajo mis
pies se estremecía. Perdí el equilibrio. Caí hacia atrás y quedé bocarriba mientras la tierra se
sacudía con violencia. Traté de aferrar una roca o una planta, pero algo se deslizaba debajo de
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