01 las enseñanzas de don juan carlos castaneda.pdf


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-Otra cosa. Sólo yo puedo recogerlo. Tú a lo mejor puedas cargar la bolsa, o caminar delante
de mi; todavía no sé. Pero mañana ¡no vayas a señalarlo como hiciste hoy!
-Lo siento, don Juan.
-Está bien. No sabías.
-¿Le enseñó su benefactor todo esto sobre Mescalito?
-¡No! Nadie me ha enseñado sobre él. Mi maestro fue el mismo protector.
-¿Entonces mescalito es como una persona con quien se puede hablar?
-No, no es.
-¿Entonces cómo enseña?
Permaneció callado un rato.
-¿Te acuerdas de la vez que jugaste con él? Entendiste lo que quería decir, ¿no?
-¡SI!
-Así enseña. No lo sabías entonces, pero si le hubieras prestado atención te habría hablado.
-¿Cuándo?
-Cuando lo viste por primera vez.
Parecía muy molesto por mis preguntas. Le dije que tenia que preguntar todo esto porque
deseaba averiguar cuanto pudiese.
-¡No me preguntes a mí! -sonrió con malicia-. Pregúntale a él. La próxima vez que lo veas,
pregúntale todo lo que quieres saber.
-Entonces Mescalito es como una persona con quien se puede . . .
No me dejó terminar. Se dio vuelta, recogió la cantim plora, bajó de la saliente y desapareció al
rodear la roca. Yo no quería estar allí solo, y aunque no me había pedido acompañarlo fui tras
él. Caminamos unos ciento cincuenta metros hasta un arroyuelo. Se lavó manos y cara y llenó la
cantimplora. Hizo buches de agua, pero no la tra gó. Saqué un poco de agua en el hueco de mis
manos y bebí, pero él me detuvo y dijo que era innecesario beber.
Me dio la cantimplora y echó a andar de regreso a la saliente. Al llegar volvimos a sentarnos
mirando el valle, de espaldas contra el farallón. Pregunté si podíamos encender un fuego.
Reaccionó como si fuera inconcebible preguntar tal cosa. Dijo que por esa noche éramos
huéspedes de Mescalito y que él nos daría calor.
Ya anochecía. Don Juan extrajo de su saco dos delgadas cobijas de algodón, echó una en mi
regazo y, con la otra sobre los hombros, se sentó cruzando las piernas. Abajo, el valle estaba
oscuro, sus contornos ya difusos en la bruma del atardecer.
Don Juan estaba inmóvil, encarando el campo de peyote. Un viento continuo soplaba en mi
rostro.
-El crepúsculo es la raja entre los mundos -dijo él suavemente, sin volverse hacia mí.
No pregunté qué quería decir. Mis ojos se cansaron. De súbito me sentí exaltado, tenía un
deseo extraño y ava sallador de llorar.
Me acosté boca abajo. El piso de roca era duro e incómodo y yo tenía que cambiar de postura
cada pocos minutos. Finalmente me senté y crucé las piernas, poniendo la cobija sobre mis
hombros. Para mi sorpre sa, tal posición era perfectamente cómoda, y me quedé dormido.
Al despertar, oía don Juan hablarme. Estaba muy oscuro. No podía verlo bien. No comprendí
qué cosa decía, pero le seguí cuando empezó a descender de la saliente. Nos desplazamos
cuidadosamente, o al menos yo, a causa de la oscuridad. Nos detuvimos al pie del farallón. Don
Juan tomó asiento y con una seña me indicó sentarme a su izquierda. Desabotonó su camisa y
sacó una bolsa de cuero, la cual abrió y colocó en el suelo frente a él. Contenía botones secos de
peyote.
Tras una pausa larga tomó uno de los botones. Lo sostuvo en la mano derecha, frotándolo
varias veces entre pulgar e índice mientras canturreaba suavemente. De pronto dejó escapar un
grito tremendo,
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