01 las enseñanzas de don juan carlos castaneda.pdf


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Después del desayuno, el hombre puso agua en mi cantimplora y dos panes de dulce en mi
mochila. Don Juan me entregó la cantimplora, se colgó la mochila a la espalda con un cordón,
agradeció al hombre su cortesía y, volviéndose hacia mi, dijo:
-Es hora de irse.
Anduvimos cosa de kilómetro y medio sobre el camino de tierra. Después cortamos a través
de los campos, y en dos horas nos hallamos al pie de los cerros al sur del pueblo. Ascendimos
las suaves laderas en dirección suroeste aproximada: Cuando llegamos a las pendientes más
abruptas, don Juan cambió de dirección y seguimos hacia el este, sobre un valle alto. Pese a su
edad avanzada, don Juan mantenía un paso tan increíblemente rápido que al mediodía yo estaba
agotado por completo. Nos sentamos y él abrió el saco de pan.
-Puedes comer todo si quieres -dijo,
-¿Y usted?
-No tengo hambre, y después no necesitaremos esta comida,
Yo estaba muy cansado y hambriento y acepté su oferta. Sentí que aquél era un buen momento
para hablar sobre el propósito de nuestro viaje, y como incidentalmente pregunté:
-¿Piensa usted que nos quedaremos aquí mucho tiempo?
-Estamos aquí para juntar un poco de Mescalito. Nos quedaremos hasta mañana,
-¿Dónde está Mescalito?
-En todo el rededor.
Cactos de muchas especies crecían en profusión por toda la zona, pero no pude ver peyote
entre ellos.
Echamos a andar de nuevo y a eso de las 3 llegamos a un valle largo y angosto, con empinadas
colinas a los lados.
Me sentía extrañamente excitado ante la idea de hallar peyote, que nunca había visto en su
medio natural. Entramos en el valle, y hemos de haber caminado unos ciento veinte metros
cuando de pronto localicé tres inconfundibles plantas de peyote. Estaban agrupadas, unos
centímetros por encima del terreno frente a mí, a la izquierda del sendero. Parecían rosas verdes
redondas y pulposas. Corrí hacia ellas, señalándolas a don Juan.
El no me hizo caso y deliberadamente me dio la espalda al alejarse. Me di cuenta que había
hecho lo que no debía, y durante el resto de la tarde caminamos en silencio, cruzando despacio
el suelo llano del valle, cubierto de piedras pequeñas y agudas. Pasábamos entre los cactos,
espantando multitudes de lagartijas y a veces un pájaro solitario. Y yo dejé atrás veintenas de
plantas de peyote sin decir una palabra.
A las 6 estábamos al pie de las montañas que marcaban el final del valle. Trepamos a una
saliente. Don Juan dejó su saco y se sentó.
Yo tenía hambre de nuevo, pero no nos quedaba comida; sugerí que recogiéramos el
Mescalito y volviéramos al pue blo. Pareció molestarse y chasqueó los labios. Dijo que íbamos a
pasar la noche allí.
Permanecimos sentados en silencio. Había una pared de roca a la izquierda, y a la derecha
estaba el valle recién atravesado. Se extendía una distancia considerable y pare cía ser más
ancho y menos llano de lo que yo pensaba. Desde esta perspectiva, se le veía lleno de cerritos y
protuberancias.
-Mañana echamos a andar de regreso -dijo don Juan sin mirarme y señalando el valle.
Caminamos de vuelta y lo recogemos al cruzar el campo. Es decir, lo recogeremos sólo cuando
se nos presente en nuestro camino. El nos encontrará y no al revés. El nos encontrará . . . si
quiere.
Don Juan se reclinó contra el farallón y, con la cabeza vuelta hacia un lado, continuó hablando
como si hubiera allí otra persona a parte de mi.

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