01 las enseñanzas de don juan carlos castaneda.pdf


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Mescalito volvió de nuevo los ojos a mí. Estaban tan cerca que yo los "oía" retumbar
suavemente con ese sonido peculiar tantas veces oído esa noche. Fueron apaciguándose hasta
ser como un estanque quieto, ondulado por destellos de oro y negro.
Apartó los ojos una vez más y, saltando como grillo, se alejó cosa de cincuenta metros. Saltó
otra y otra vez, y desapareció en la lejanía.
Lo siguiente que recuerdo es haber echado a andar. Muy racionalmente, traté de reconocer
puntos de referencia, tales como montañas en la distancia, para orientarme. Durante toda la
experiencia me habían obsesionado los puntos cardinales, y creía yo que el norte debía estar a
mi izquierda. Caminé en esa dirección bastante rato antes de advertir que ya era de día y que ya
no estaba usando mi "visión noc turna". Recordé que tenía reloj y vi la hora. Eran las 8.
A eso de las 10 llegué a la saliente donde había estado la noche anterior. Don Juan yacía
dormido en el suelo.
-¿Dónde has estado? -dijo.
Me senté a tomar aire. Tras un largo silencio, don Juan preguntó:
-¿Lo viste?
Empecé a narrar la sucesión de mis experiencias desde el principio, pero me interrumpió
diciendo que todo cuanto importaba era si lo había yo visto o no. Me preguntó si Mescalito
había estado cerca de mí. Le dije que casi lo había tocado.
Esa parte de mi relato le interesó. Escuchó atentamente cada detalle, sin comentar,
interrumpiendo sólo para inquirir sobre la forma del ente que yo había visto, su talante, y otros
detalles acerca de él. Era como mediodía cuando don Juan pareció haber oído suficiente. Se
levantó y ama rró a mi pecho un saco de lona; me ordenó caminar tras él y dijo que él iba a
cortar a Mescalito y que yo debía recibirlo en mis manos y meterlo con delicadeza en el saco.
Bebimos un poco de agua y empezamos a caminar. Cuando llegamos al borde del valle, don
Juan pareció titubear un momento sobre la dirección a seguir. Una vez que hubo elegido
anduvimos en línea recta.
Cada vez que llegábamos a una planta de peyote, se acuclillaba frente a ella y muy
gentilmente cortaba la parte superior con su cuchillo corto y serrado. Hacía una incisión al nivel
del suelo y rociaba la "herida", como él la llamaba, con polvo puro de azufre que llevaba en una
bolsa de cuero. Sostenía el botón fresco en la mano izquierda y esparcía el polvo con la derecha.
Luego se ponía en pie para entregarme el botón, que yo recibía con ambas manos, como él
había prescrito, y colocaba dentro del saco.
-Mantente derecho y no dejes que la bolsa toque la tierra ni las matas ni ninguna otra cosa -me
decía repetidamente, como si pensara que yo lo olvidaría.
Recogimos sesenta y cinco botones. Cuando el saco estuvo completamente lleno, lo puso
sobre mi espalda y amarró otro a mi pecho. Al terminar de cruzar la meseta teníamos dos sacos
llenos, que contenían ciento diez botones de peyote. Los sacos eran tan pesados y voluminosos
que yo apenas podía caminar bajo su bulto y su peso.
Don Juan me susurró que las bolsas estaban pesadas porque Mescalito quería regresar a la
tierra. Dijo que la tristeza de dejar su morada era lo que hacía pesado a Mescalito; mi verdadera
tarea era no dejar que los sacos tocaran el suelo, porque si lo hacía, Mescalito jamás me
permitiría tomarlo de nuevo.
En un momento particular la presión de las correas sobre mis hombros se hizo insoportable.
Algo estaba ejerciendo una fuerza tremenda, tirando hacia abajo. Sentí mucha aprensión. Noté
que había empezado a caminar más rápida mente, casi a correr; iba por así decirlo trotando
detrás de don Juan.
De pronto disminuyó el peso sobre mi pecho y mi espalda. La carga se hizo esponjosa y
ligera. Corrí libremente para alcanzar a don Juan, que iba delante de mí. Le dije que ya no
sentía el peso. Me explicó que ya ha bíamos dejado la morada de Mescalito.
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