01 las enseñanzas de don juan carlos castaneda.pdf

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Abrió la mano izquierda y midió sobre el piso desde la punta del pulgar hasta la del dedo
anular.
-Esta es mi parte. Tú medirás la tuya con tu propia mano. Ahora bien, para establecer dominio
sobre la yerba del diablo, debes empezar por tomar la primera parte de la raíz. Pero como yo te
he traído con ella, debes tomar la primera parte de la raíz de mi planta. Yo la he medido por ti,
de modo que en realidad es mi parte la que debes tomar al principio.
Entró en la casa y sacó uno de los bultos de arpillera. Se sentó y lo abrió. Advertí que era la
planta macho. También noté que sólo había un pedazo de raíz. Don Juan tomó el trozo restante
de los dos originales y lo sostuvo frente a mi cara,
-Esta es mi primera parte -dijo-. Yo te la doy. Yo mismo la he cortado para ti. La he medido
como mía; ahora te la doy.
Por un instante, se me ocurrió que debería masticar la raíz como una zanahoria, pero él la
metió en una bolsita blanca de algodón.
Fue a la parte trasera de la casa. Allí tomó asiento en el piso, cruzando las piernas, y con una
"mano" redonda empezó a macerar la raíz dentro de la bolsa. Trabajaba sobre una piedra lisa
que servía de mortero. De vez en vez lavaba las dos piedras, conservando el agua en un
pequeño recipiente plano, labrado en un trozo de madera.
Al golpear cantaba, en forma muy suave y monótona, una cantilena ininteligible. Cuando hubo
convertido la raíz en una pulpa blanda dentro de la bolsa, la colocó en el recipiente de madera.
Volvió a meter allí el metate y la mano, llenó de agua la palangana y después la llevó a una
especie de bebedero rectangular para cerdos colocado contra la cerca trasera.
Dijo que la raíz debía remojarse toda la noche y tenia que dejarse afuera de la casa para que
recibiera el sereno.
-Si mañana es día de sol y calor, será muy buena señal.
Domingo, 1° de septiembre, 1961
El jueves 7 de septiembre fue un día muy claro y caluroso. Don Juan parecía muy complacido
con el buen augurio y repitió varias veces que probablemente yo le había caído bien a la yerba
del diablo. La raíz se había remojado toda la noche, y a eso de las 10 a.m. fuimos detrás de la
casa.
El sacó la palangana de la artesa, la puso en el suelo y se sentó al lado. Tomó la bolsa y la
frotó contra el fondo. La alzó unos centímetros por encima del agua y la exprimió, para luego
dejarla caer. Repitió los mismos pasos tres veces más; luego desechó la bolsa, tirándola en la
artesa, y dejó la palangana bajo el sol ardiente.
Regresamos dos horas después. Don Juan sacó una tetera de tamaño mediano, con agua
amarillenta hirviendo. Ladeó la palangana con mucho tiento y vació el agua de encima,
conservando el sedimento espeso acumulado en el fondo. Vació el agua hirviendo sobre el
sedimento y dejó nuevamente la palangana en el sol.
Esta secuencia se repitió tres veces a intervalos de más de una hora. Finalmente, vació casi
toda el agua de la palangana, inclinó ésta a modo de que recibiera el sol del atardecer, y la dejó.
Cuando regresamos horas después, estaba oscuro. En el fondo de la palangana había una capa
de sustancia gomosa. Parecía almidón a medio cocer, blancuzco o gris claro. Había quizá toda
una cucharada cafetera de esa sustancia. Don Juan llevó la palangana a la casa, y mientras él
ponía agua a hervir, yo quité trozos de tierra que el viento había echado en el sedimento. Se rió
de mí.
-Ese poquito de tierra no le hace daño a nadie.
Cuando el agua hervía, virtió poco más o menos una taza en la palangana. Era la misma agua
amarillenta usada antes. Disolvió el sedimento formando una especie de sustancia lechosa.
-¿Qué clase de agua es ésa, don Juan?
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